Carlos GIL
Analista cultural

Distopía

Esto es una distopía  sin tintes artísticos producto del desfallecimiento de los principios y la ausencia de cualquier vestigio de utopía. Volver a escribir sobre la libertad de expresión por el encarcelamiento de dos titiriteros por representar una obra produce  sensación de derrota. Escuchar a alcaldesas, irresponsables políticas, tertulianos, políticos de esmoquin de camarero y los nuevos habitantes del extremo centro enjuiciar de manera crítica un trabajo artístico para justificar una agresión policial, judicial y política nos lleva al desengaño más absoluto.

Nadie sabe dónde está ni por qué razones está. Los valores democráticos se confunden con la lista de la compra, la gestión cultura se coloca en el nivel de los servicios de mantenimiento de una finca, las leyes se aplican porque existen y los jueces las usan para subir en el escalafón. Y la comunidad teatral, los otros artistas, se arrugan, se esconden en sus miserias y sueltan un leve comunicado, cuando es una barbaridad que se meta a alguien en la cárcel por una representación teatral, una ficción.

Hablar de obra mala, de no adecuada para niños, de estar mal programada es ser cómplice de quienes los han encarcelado. Veo más de trescientas obras al año, algunas muy malas, muchas no adecuadas a las edades de los niños, en demasiadas ocasiones mal programadas. Y eso merece un repudio técnico, una crítica argumentada, no prisión incondicional.