LOS SUEÑOS DE LOS JÓVENES KURDOS CHOCAN CON LA GUERRA
Los jóvenes kurdos que quieren ser parte del desarrollo de Kurdistán Norte están sufriendo los daños colaterales de la lucha entre el Estado y el Partido de los Trabajadores del Kurdistán .

En los sueños de las cunas más prominentes del decadente Imperio otomano siempre estuvo presente la ciudad de París. El triunfo de la revolución dirigida por Mustafa Kemal Atatürk no apagó ese sueño, sino que lo expandió, marcando Europa Occidental como el ejemplo del desarrollo. Incluso hoy, pese al prominente nacionalismo turco instaurado por el fundador de la República, las nuevas expresiones coloquiales enfatizan esta realidad: Hayaller Paris gerçekler... –Los sueños son París y la realidad... (cualquier ciudad de Anatolia)–. Los kurdos, quienes durante el siglo XX apenas podían sobreponerse a las hostilidades en su región, frontera de conflictos y proclive al choque de naciones, emigraron a Europa por la represión de un Estado que no reconocía sus derechos. Sin desearlo, cumplían los sueños turcos. Pero todo comenzó a cambiar en la última década, cuando saborearon la paz y la educación aterrizó en su región: ya no huían, querían formarse para colaborar en el desarrollo de Kurdistán Norte.
En los últimos años, los de la relativa paz, miles de kurdos emprendieron el camino de la educación superior. Se marchaban, como siguen haciéndolo todavía, a las ciudades turcas para intentar destacar en las universidades más prestigiosas. Esto provocó el cambio, y algunas tradiciones comenzaron a sucumbir: los matrimonios concertados se retrasaron, las madres ya no daban a luz a los 15 años y la religión perdió su omnipresente influencia en una sociedad patriarcal. Pero desde hace medio año, la esperanza, ligada a la paz, ha vuelto a chocar con la guerra, arruinando el desarrollo económico y social de las primeras legislaturas del Partido Justicia y Desarrollo (AKP).
Los sueños de Zeynel Kirsan, un arquitecto de 28 años, se convirtieron en pesadillas cuando estalló el conflicto. La empresa que él mismo montó junto a un compañero de la universidad se tambalea con cada proyectil que cae al suelo en las ciudades kurdas. «Estoy nervioso todo el día. Los proyectos que hacemos están relacionados con los ayuntamientos del Partido Democrático de los Pueblos (HDP). Antes podíamos trabajar, prosperar, pero desde que comenzó la lucha las alcaldías no pueden aprobar los proyectos o tienen otras prioridades», reconoce en su oficina de Diyarbakir, desde donde se escuchan el repiqueteo de las balas proveniente del distrito de Sûr.
Tiene una hermana y dos sobrinos. Nació en Batman, en el seno de una familia religiosa. Su madre y su padre hablan de su viaje a la Meca con pasión. «Quieren volver otra vez», cuenta Zeynel, quien destaca que el islam no tiene la misma importancia para él. Su familia, pudiente para tal peregrinación, aportó un buen puñado de granos de arena para ayudar a construir los cimientos del ambicioso proyecto de su único vástago varón. Hoy, el sueño de Zeynel está siendo enterrado por la guerra: «Tengo proyectos en Çukurca, Yüksekova y Van. Pero los alcaldes están siendo arrestados, los plenos municipales no se hacen. ¿Cómo pueden entonces apoyar mis propuestas?».
Para iniciar un proyecto necesita invertir importantes cantidades de dinero. Por ejemplo, mientras traza sus líneas en las hojas en blanco de los ordenadores, tiene que asegurarse de que los sedimentos de la tierra son aptos para el proyecto. Para eso necesita contratar geólogos. Es un dinero que paga por anticipado y que ahora mismo no puede recuperar por la inacción consistorial. En 2015, como relata, las deudas superaron a los ingresos y solo pudo solucionar los problemas acudiendo al banco. «Un crédito más para aguantar hasta que todo cambie», dice.
Su pequeña empresa cuenta con un empleado para todo –servir tés, recoger los correos o ir a por productos– y un socio. Si se mantiene la tónica de los últimos meses, puede que tenga que prescindir de Hamdi, el hombre para todo que tiene dos hijos. La otra opción pasa por expandirse al oeste, en donde tendría que empezar de cero. «¿Qué otra opción me queda si todo sigue igual?», se pregunta antes de reconocer que ha ayudado en la reconstrucción de varias áreas de Kobane, la ciudad de Rojava que quedó completamente destruida tras la ofensiva del Estado Islámico.
Esta ha sido su contribución más tangible al movimiento kurdo, un paso que ayuda a apuntalar las relaciones necesarias para acometer los proyectos con cualquier partido, incluido el HDP. «He intentado respetar el estilo original de Kobane, con sus casa bajas. Nuestra obligación es respetar nuestra cultura y los arquitectos tienen que hacer esto con Kurdistán», afirma.
Ahora, tras los toques de queda, las ciudades de Nusaybin, Silopi, Cizre y el distrito de Sûr, en Diyarbakir, son las Kobane de Anatolia. El primer ministro, Ahmet Davutoglu, ha dicho que Sûr será reconstruido como lo hicieron los españoles con la ciudad de Toledo. ¿Esto no da más trabajo?, pregunto. «Ahora han empezado las propuestas, pero al final es el Estado quien decide y no las alcaldías. Esto nos viene peor porque hemos construido relaciones laborales con los ayuntamientos, pero habrá que luchar por recoger algo de este suculento y triste pastel», dice.
Mardin es cine
A casi un centenar de kilómetros al sur de Diyarbakir se encuentra Mardin, ciudad multicultural en donde la lengua vehicular es el árabe. Kurdos, asirios y árabes abarrotan un centro histórico que es visitado por mochileros y árabes. El supuesto peligro de la región, unido a la escasa promoción internacional, evita que sus históricas edificaciones sean aún más visitadas. «¡Es Mesopotamia!», exclama Necdet Yigit, un director de cine de 24 años que reside en Kiziltepe, la mayor urbe de la región de Mardin.
En Kiziltepe, el polvo dibuja una desagradable atmósfera. Por allí pasa la Ruta de la Seda, cubierta de polvo y siempre en obras. Esas mismas partículas sirven para desarrollar una de las actividades más importantes de la región: el beton (hormigón). La otra salida para los jóvenes es la que conduce a las puertas del camión. «Aquí todos son camioneros o trabajan en la construcción. Yo no quería eso, quería hacer cine», precisa después de reconocer que trabajó durante dos años en la empresa Kosar Beton para ayudar a su familia.
Hace un año, y pese a la oposición familiar, «que aún piensa que eso del cine no da de comer», constituyó junto a varios amigos la agencia Mezopotamia, dedicada al cine y a los espectáculos circenses. La principal fuente de ingresos son los figurantes para las cientos de películas y series que se ruedan en las colinas de la región de Mardin. «El invierno siempre es un poco peor, pero con la lucha muchos proyectos se han detenido. Antes siempre había trabajo con la TRT –televisión estatal turca–, pero ahora se están yendo», comenta este joven kurdo.
Mardin es cine, manifiesta Necdet. Ryan Doyle, un free runner que rodó un vídeo para Red Bull en su casco antiguo, reconoció que «es una de las localizaciones más épicas que he nunca he visto. Es como una película», resumió.
Necdet, quien ha dirigido varios cortometrajes, acaba de terminar una película en la que ha contado con la ayuda de Yilmaz Erdogan, uno de los máximos exponentes del arte audiovisual en Anatolia. Erdogan, el del cine, le ha regalado una cámara profesional, objetivos, un trípode, focos... Ahora tiene un equipo valorado en miles de euros. ¿Cómo ha sucedido eso? «Él es kurdo, como nosotros, y quiere que el arte lo creemos nosotros, que desarrollemos el talento que tiene nuestro pueblo. Ese es uno de mis objetivos porque yo quiero vivir en Kurdistán junto a mi familia y mi pueblo».
Al igual que muchos otros kurdos quiere un futuro dentro de estas fronteras imaginarias. Habla de cursos en el extranjero, de las mujeres de Europa y, por supuesto, del fútbol. Reconoce que querría ir a formarse a Hollywood, la meca del cine, pero siempre para regresar a Kurdistán Norte con una técnica más depurada. Como reitera, su vida es el cine, aunque su familia aún no lo acepte.
Ahora, con la guerra, su reto por demostrar que todas las tradiciones no se acoplan a la nueva generación de kurdos es un poco más difícil. «Hay que pagar las cosas, dejar dinero en casa para mis hermanos que están estudiando en la universidad. Pero seguiremos luchando. Siempre podría volver a la construcción», asegura.
Estos ejemplos de kurdos cualificados se unen a los miles de comerciantes afectados por los toques de queda. Muchos pequeños negocios han tenido que cerrar por completo. En la ciudad de Diyarbakir, los sindicatos locales afirman que el impacto de los dos meses de cerco han dejado miles de desplazados, los hoteles de Sûr cerrados, al igual que sus 1.500 tiendas, y 10.000 nuevos kurdos sin empleo. En 2014, según los datos del Gobierno, el número de turistas extranjeros que visitó Diyarbakir se duplicó. Pero este año, el conflicto provocará una caída drástica: los paquetes turísticos a Kurdistán Norte se están cancelando y los hoteles estiman que la ocupación pasará del 85% al 30%. En Mardin, que experimentó entre 2013 y 2014 un repunte del 15% en su turismo, han perdido en 2015 el 40% de sus visitas en julio, agosto y setiembre con respecto a los mismos meses del año anterior. «Es una tragedia para todos», se lamenta Necdet.
Desde hace meses, la actividad armada impide que los turistas se deleiten con la puesta de sol en los miradores de las murallas de la ciudad fortificada de Diyarbakir, reconocida el año pasado como patrimonio de la Humanidad. En su interior, abrazados por 5.800 metros de piedras superpuesta en perfecto estado de conservación, surgen sus enrevesadas calles con las huellas de los pueblos romano, heleno, sasánida, armenio, turco y kurdo.
En Mardin, los monasterios de Gabriel Mor y Deyrülzafaran recuerdan el pasado asirio de la región, y la mezquita Ulu Cami, la supremacía del islam. Es la Mesopotamia de Necdet, la cuna de la civilización, que, según subraya, no abandonará aunque la guerra continúe.

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