Del excepcionalismo como norma en la UE al «UExit»
El acuerdo en el Consejo Europeo por el que la UE accede a las nuevas exenciones exigidas por el premier David Cameron a cambio de que se posicione contra la salida británica (brexit) en referéndum evidencia que estamos ante una Unión en la que la excepción es la norma.
En su editorial del pasado 8 de febrero, este diario aludía precisamente a la excepcionalidad de esta propuesta, prenegociada entonces entre la Comisión Europea y Cameron, para destacar la contradicción en la que incurren los estados –incluido el británico y, cómo no, el español– cuando presentan a la UE como una institución rígida e inflexible ante reivindicaciones independentistas como la escocesa, catalana, vasca… Y eso que, a lo sumo, en estos casos se trataría tan solo de admitir la permanencia en la UE de ciudadanos ya comunitarios, aunque en nuevos estados.
Mucho más grave es la excepcionalidad permanente que se está instaurando en el seno de la Unión en materia de derechos humanos, y por tanto sociales. Y no me refiero solo, que también, al permiso de la UE para que Londres pueda congelar durante X años las ayudas sociales a los trabajadores europeos (in work benefits).
Igual de preocupantes, e igualmente lesivas socialmente a largo plazo, son las garantías que se otorgan a Gran Bretaña para que no solo siga sin aportar lo que debiera a las arcas comunitarias (cheque británico) sino que decida sobre el euro cuando no participa de esta moneda y mantenga la City como imperio financiero en una Europa de la que recela. Por no decir que Gran Bretaña se perpetúa como una quinta columna de EEUU en una UE en la que lo que falta precisamente es una unión política.
Porque, a costa de blindar una unión en la que ya casi nadie cree, la UE es capaz de lo más inverosímil. Como cuando, en el contexto de los atentados del 13-N en París y la crisis de refugiados, Bruselas abría un debate sobre la posibilidad de prorrogar en hasta dos años el plazo de exención del espacio Schengen (libre circulación de personas) en respuesta al cierre masivo de las fronteras en muchos países de la Unión. Y eso sin tener en cuenta el excepcional incumplimiento por parte de casi todos los países de su obligación de acoger sus respectivas cuotas de refugiados. Una muestra de inhumanidad, coliderada por los países del este de Europa y ante la cual la negativa británica a ayudar al fontanero polaco, checo o húngaro es poco más que un chiste.
En definitiva, y como los optimistas patológicos que sueñan con la victoria final tras sucesivas derrotas, la UE va de excepcionalidad en excepcionalidad hasta la (posible) derrota final. A costa de salvar el «brexit», podría acabar en el «UExit».

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