Ascensión a los falsos cielos del Hollywood cristiano

Todos los cinéfilos tenemos una relación de amor-odio con Hollywood, y “¡Ave, César!” es la película que mejor expresa esa dicotomía. Se supone que estamos hablando de la fábrica de los sueños, y los hermanos Coen realizan un embromado acto de fe en la industria cinematográfica clásica estadounidense, aclarando que detrás de aquellas maravillosas fantasías se ocultaba un infierno de pesadilla. Por eso en su falso homenaje a la meca del cine, ya que en realidad se trata de una terrible sátira, se sirven del lenguaje metagenérico para jugar con los contrastes morales e ideológicos entre el universo celestial de las grandes superproducciones bíblicas y la atmósfera turbia del cine negro.
Y decir cine negro, hablando de los Coen, es lo mismo que decir humor negro. Por eso convierten a Josh Brolin, verdadero protagonista de la película, en uno de sus mejores antihéroes al servicio del absurdo. La narración, guiada en la versión original por la divina voz de Michael Gambon, se abre con nuestro detectivesco personaje confesando sus pecados ante un sacerdote. Sí, porque parece un investigador privado, pero dicha confesión nos pone sobre la pista de su verdadero trabajo, que viene a ser el de productor ejecutivo a sueldo en un gran estudio de cine. Es el hombre para todo, ya que lo mismo tapa los escándalos de las estrellas bajo contrato, que hace cumplir los planes de rodaje establecidos.
Y así se las tiene que ver con un George Clooney inspirado en Robert Taylor, un Ralph Fiennes que ridiculiza a Sir Laurence Olivier, una Scarlett Johansson que nada como Esther Williams, una Tilda Swinton más chismosa que dos Hedda Hooper, un Channing Tatum vestido de marinero que baila como Gene Kelly, un Alden Ehrenreich haciendo de pequeño vaquero a lo Audie Murphy, y la cuadrilla de los guionistas marxistas surgidos de un delirante cruce entre el filósofo Marcuse y el Dalton Trumbo del macarthysmo.

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