La ruta del sueño

A primera vista, lo que asoma en la pantalla logra su propósito de sacudir al espectador emocionalmente gracias a la pericia técnica del director de fotografía David Gallego el cual cubre de blancos y negros una escenografía selvática que siempre hemos soñado en vivos tonos verdes. Este relieve que otorga el sombreado también podría haberse convertido en un perfecto sendero hacia un viaje iniciático mucho más agreste e intenso que el recorrido esbozado por el cineasta Ciro Guerra en esta su tercera experiencia en el largometraje. Las palabras que prologan el filme, firmadas por el etnólogo alemán Theodor Koch-Grünberg, son toda una invitación a cerrar los ojos y adentrarse en un sendero de sueños a través de un Amazonas que ya no existe y que Ciro reconvierte en una prolongación o simple ensoñación de un viaje que Joseph Conrad ya imaginó con anterioridad. Esta invitación a dejar a un lado lo aparentemente racional del ser humano podría haber inspirado una odisea mucho más arriesgada –y de reminiscencias conradianas– en manos de un ególatra enloquecido como Werner Herzog, pero entre la maraña selvática o recorriendo el cauce del río zigzagueante no se atisba la silueta de Kurtz o ni tan siquiera el fantasma de Kinski perseguido por guerreros jíbaros, tan solo –quizá mucho– topamos con la complicidad errante de un viaje iniciático compartido por un etnobotánico americano y el último superviviente de una tribu amazónica, un viejo chamán que rompe su aislamiento voluntario para participar en la búsqueda de una misteriosa planta que enseña a soñar. Con estas premisas, el autor colombiano desarrolla un filme en el que constrasta sobremanera lo hermoso del mensaje y el poco riesgo de su planteamiento formal.

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