Pespunte
Guardar las palabras como tesoros. ¿Sirven las viejas palabras para nombrar lo nuevo? ¿Hay algo nuevo que no tenga palabra adscrita? Los neologismos abruman. La pérdida de los arcaísmos debilita. No somos otra cosa que palabras que despiertan emociones. La química y la física de nuestro cuerpo se activan por resortes automáticos que acaban fundando una república de las letras y los sentimientos. Construimos los sueños con unas imágenes que se forman con palabras antiguas o nuevas.
Nada puede sustentarse en el vacío. Abrazados a una economía de mercado nos contaminamos de vocablos que tumorizan la impostura y rompen el equilibrio linfático del cuerpo cultural. Hablan de crear unos cascos azules para proteger el patrimonio cultural de la humanidad.
Se necesitarían patrullas de intervención inmediata contra la estulticia, el mal gusto y el uso desmañado del lenguaje. No puede considerarse la regresión o la involución como alternativo o vanguardista. No es buena tanta desidia e irresponsabilidad.
La jibarización del lenguaje cotidiano y la pertinaz corriente de recortar esfuerzos escribiendo poco y mal, se traduce en defectos de forma en todos los órdenes, faltas de ortografía y sintaxis en publicidad, medios de comunicación, programas de mano, series, películas, obras de teatro. Una dejadez que enseña el pespunte de un manto que ya no nos cubre.

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