MADRID
Entrevista
ALMUDENA GRANDES
ESCRITORA

«Esta crisis, en realidad, ha sido una guerra que hemos perdido»

Nacida en Madrid en 1960, es una de las autoras de mayor éxito editorial en la actualidad. Autora de títulos como «Las edades de Lulú», «Los aires difíciles» o «El corazón helado» ha aparcado, de momento, su serie «Episodios de una guerra interminable» (que comenzó con «Inés y la alegría») para narrar los efectos de la crisis entre los habitantes de un barrio popular en «Los besos en el pan», su última novela.

Con «Los besos en el pan» ha interrumpido su serie de novelas sobre la posguerra para dirigir su atención al presente con una obra que casi cabría definir como «de urgencia». ¿Qué le impulsó a ello?

El origen de “Los besos en el pan” está en “Las tres bodas de Manolita”, la tercera novela los Episodios de una Guerra Interminable. Cuando en 2008 yo planifiqué la serie ya sabía cuál iba a ser el argumento de cada novela y tenía previsto que “Manolita” abordara los años del hambre. Lo que no pude prever entonces es que aquella evocación de las miserias de posguerra, al momento de ser publicada, encontrase ecos en nuestro presente inmediato con familias angustiadas ante la posibilidad de que uno de sus miembros cayese enfermo y tuviera que cogerse una baja que le impediría traer dinero a casa o niños escolarizados con problemas para acceder al servicio de comedor. Ese paralelismo me sobrecogió mucho.

¿La sobrecogió hasta el punto de sentirse obligada a tomarle el pulso al momento actual?

Sí, pero no porque me sienta mal hablando del pasado mientras alrededor nuestro ocurren todas estas cosas porque para mí la memoria, al contrario de lo que afirman los detractores del concepto “Memoria histórica”, no es únicamente una herramienta para confrontarnos con el pasado sino, sobre todo, para construir el presente y para proyectar el futuro. Lo que pasó fue que me planteé ‘si soy capaz de hablar de una época que no he vivido ¿no tendría que serlo también para narrar aquello que está pasando en el mundo en el que habito?’. De todas maneras, si se me hubiera ocurrido un libro que no fuera coherente con la serie, igual lo hubiera escrito pero no lo hubiera publicado, pero fue esa íntima conexión que sentí que había entre “Los besos en el pan” y los ‘episodios’ lo que me terminó de convencer para sacar esta novela justamente ahora.

Porque aun estando ambientada en nuestros días, esta nueva obra también cabría ser asumida como Episodio de una Guerra Interminable ¿no?

Sí, en primer lugar porque  “Los besos en el pan” es una novela que habla de la capacidad de resistencia. Pocas hazañas me parecen más dignas y humanas que aquellas que tienen que ver con el espíritu de supervivencia. Por eso, al igual que me interesa narrar la posguerra desde el punto de vista de la gente que no se rindió, a la hora de contar la crisis lo hago a través de voces parecidas. Porque esto que llamamos crisis en realidad ha sido una guerra de los especuladores financieros contra la soberanía de las naciones, una guerra que hemos perdido en parte porque nuestros gobernantes han optado por aliarse con el enemigo en contra de los intereses de sus ciudadanos. Eso que ahora se denomina ‘sentido de Estado’, en el siglo XIX hubiera sido juzgado como delito de traición.

¿Qué diferencias sustanciales cree que hay entre las víctimas de la posguerra y las de la actual crisis?

Debo decir que la imagen que me inspiró esta novela fue la de mi abuelo. De repente pensé en él y en cómo sería traerle al que fue su barrio y decirle ‘abuelo, mira la que tenemos montada’. Probablemente él se reiría y pensaría que esto más que una crisis es un accidente. La gente que vivió la posguerra, la generación de nuestros abuelos, tenía una fortaleza y una riqueza que nosotros hemos perdido y que tiene que ver con una cultura de la pobreza de la que, actualmente, nadie parece querer oír hablar. El Estado español siempre fue un país de gente pobre, incluso en su época de esplendor imperial el oro de América entraba por Sevilla y se iba directamente a Flandes a pagar las guerras del rey, aquí no quedaba nada. Pero los españoles que heredaban la pobreza de padres a hijos, heredaban también una manera de vivirla con dignidad. Hasta hace veinte años la pobreza no era algo vergonzante sino que era un acicate para seguir luchando: tu objetivo en la vida era lograr una sociedad en la que tus hijos vivieran mejor que tú, pero esa lucha no excluía ni la alegría ni la esperanza ni la ilusión. Hoy en día, sin embargo, después de habernos creído lo que no somos, nos encontramos con que hemos perdido los referentes con nuestro propio pasado, con la cultura de nuestros abuelos, hemos prescindido de aquello que ahora mismo nos sería útil para hacer frente a los golpes que nos estamos llevando.

Teniendo en cuenta que dentro de la retórica capitalista la palabra «loser» es casi el peor insulto que se puede recibir ¿no resulta atrevido reivindicar la necesidad de volver sobre esa «cultura de la pobreza»?

Ahora mismo sí, claro. En una sociedad como la nuestra, de ‘nuevos ricos’, no se trata ya de que nadie quiera ser pobre sino de que nadie quiere admitir que lo es, porque eso sería tanto como aceptar un destino que, estamos convencidos, no es el nuestro sino el de otros. Pero más allá de asumir, o no, el hecho de ser pobres, deberíamos romper con ese maldito estigma de que ‘felicidad equivale a capacidad para consumir’ que llevamos años soportando. La resistencia frente a la crisis puede empezar por algo tan sencillo como evitar perder la memoria de quienes somos.

En «Los besos en el pan» hay un deseo evidente por poner en valor las relaciones de solidaridad que se dan entre las víctimas de la crisis. ¿Este tipo de acciones no son, por sí mismas, un motivo para el optimismo?

Sí, pero se trata de una solidaridad espontánea que surge y crece como una espora porque, hoy por hoy, carecemos de cauces de participación ciudadana. Entonces dependemos de esfuerzos aislados, de personas que deciden que tienen fuerza, ganas y tiempo para dedicarse a los demás. Es ese tipo de relaciones de solidaridad las que muestro en la novela. Pero se trata de una solidaridad que a los poderes públicos no le da ningún miedo en tanto no está respaldada por ningún gran movimiento social y que, encima, se presta incluso a ser instrumentalizada por ellos, pues viene a llenar un vacío de acción política que tendría que ser asumida por parte del Estado.

Pero pese a ello la novela destila un hálito esperanzador…

Es que yo siempre he sido una optimista congénita. Sin embargo, últimamente, me noto imbuida de un cierto pesimismo en mis proyecciones, en mi visión del futuro inmediato y eso me desordena mucho por dentro, me genera una violencia interior tremenda, a veces me siento como si fuera en contra de mí misma (risas). Pero sí creo que esta es una novela llena de esperanza, porque mis protagonistas son resistentes y la virtud de los resistentes es la alegría.

¿Esa necesidad de trazar perfiles en positivo es la que le ha llevado a ignorar a los verdugos en este relato?

Es que la novela trata de ser un fresco de aquello que acontece, a lo largo de un año, en un barrio cualquiera de una gran ciudad, un barrio donde hay mucho caos social y donde convergen ciudadanos de diferentes estratos que, sin embargo, no representan ni a los más ricos ni a los más pobres. Y, claro, en el fondo los vecinos de un barrio como este son todos, en mayor o menor medida, víctimas de la crisis. Los causantes de la situación que padecemos no habitan en un barrio como el de la novela. De hecho no sabemos ni dónde viven, no sabemos tan siquiera quiénes son y mucho me temo que nunca lo sabremos y que deberemos conformarnos con tener identificados a sus mamporreros.

Antes ha mencionado que actualmente carecemos de cauces para estimular la participación ciudadana, para responder organizadamente a los efectos de la crisis. ¿No es esa una responsabilidad que debería asumir la izquierda política?

Sí, debería, pero la izquierda política se ha suicidado o se ha diluido o se ha hecho hípster. El PSOE es un partido que vive, desde hace tiempo, en una crisis de identidad profunda. Resulta inverosímil que siendo el partido que jugó un papel más relevante durante los años de la II República haya prescindido de reivindicar su papel en ese período hasta instalarse en una especie de complejo de inferioridad que le ha conducido al inmovilismo actual. Y luego está el caso de Izquierda Unida que es un partido al que yo he apoyado siempre, pero que, directamente, se ha hecho el harakiri, probablemente porque la propia estructura de la coalición le ha impedido evolucionar y recoger el espíritu del 15M ofreciéndose como agente dinamizador de los nuevos movimientos sociales. En vez de eso se aferró a un papel tradicional que, francamente, no tenía mucho sentido viendo los cambios que se estaban dando. En este sentido hay una frase de Lenin que siempre he hecho mía y que dice que la primera obligación de un revolucionario, antes de entrar en otras consideraciones, es comprender la realidad y mucho me temo que la izquierda política de este país no ha sido capaz de ello.

«A veces pienso: ¡Qué difícil ser profesor en un país donde todos los niños ven Gran Hermano!»

¿La receta para resistir pasa por recuperar la conciencia de clase?

Las cosas no pasan por casualidad. A finales del siglo XX nos inculcaron la doctrina del fin de la Historia, nos dijeron que izquierda y derecha, tal y como las asumíamos, eran conceptos vacíos en un nuevo mundo globalizado en el que todos íbamos a ser libres y autónomos e íbamos a estar interconectados. El siglo XXI empezó con una campaña de descrédito tremendo hacia el movimiento obrero, se nos dijo que los sindicatos eran organizaciones obsoletas que carecían de sentido en el mundo del emprendimiento y del autoempleo y que además los sindicalistas eran unos tipos que vivían de puta madre a costa de los demás. ¿Qué consecuencia tuvo todo esto? Pues la aniquilación de la conciencia de clase, lo que despejó el camino para que se destruyeran las trincheras de resistencia ideológica en las que habían militado nuestros antepasados. Así, con la crisis nos encontramos sin parapetos, totalmente expuestos.

¿Y cómo volver a esas trincheras?

Es difícil porque vivimos tiempos de un individualismo feroz. Basta con ver el sentido de los mensajes publicitarios: se nos anima a ser únicos, a ser creativos... Nada hay tan pasado de moda como parecerse a los demás y, paradójicamente, es esa homologación la que fortalece la conciencia de clase en tanto te permite asumir que eres parte de un colectivo donde hay otros muchos en tu misma situación.

¿Cree que esta crisis es en el fondo, como afirman algunos, una crisis de valores?

El hecho de que ciertos valores no se practiquen no quiere decir que no existan ni que todo el mundo los haya olvidado, pero sí que es verdad que en los años de la burbuja, antes de que todo estallase, valores como la cultura del esfuerzo quedaron completamente desvirtuados. Yo a veces pienso: ‘¡Qué difícil tiene que ser ejercer de profesor en un país donde todos los niños ven Gran Hermano y piensan que para destacar socialmente basta con salir en la tele y forrarse!’.Jaime IGLESIAS