Koldo LANDALUZE
CRÍTICA «LA SERIE DIVERGENTE: LEAL. 1ª PARTE»

La distopía en formato caramelo

No seré yo quien critique las sagas literarias destinadas al público adolescente si con ello se logra que el sector no decaiga y, sobre todo, anime a nuevas generaciones a buscar vida inteligente más allá del teclado y en formatos tangibles de papel y tinta, un modelo de entretenimiento primitivo pero que sigue siendo efectivo entre multitud de lectores que han disfrutado con “Crepúsculo”, la referencial “Los juegos del hambre” o el original que hoy nos ocupa, “Divergente”, y que en su obligado paso a la gran pantalla pierde el encanto originario para transformarse en una maquina cuya mecánica resulta tan herrumbrosa como chirriante.

En su puesta en imágenes, las dos primeras entregas basadas en la trilogía de Veronica Roth lograron suscitar interés gracias a su intención por readecuar al público adolescente los modelos, a veces excesivamente sesudos, de los futuros distópicos que tanta carga de pesadumbre encierran. Cuando la saga parecía ir bien encauzada en la segunda entrega –“Insurgente”–, es ahora cuando muestra las verdaderas carencias de todo el entramado por culpa de una fórmula que se ampara en sacar el mayor rédito posible a una franquicia.

Todo ello se plasma en una tercera entrega que ha sido dividida en dos y que en la primera ya cobra visos de advertirnos la errática ruta hacia la que derivará el epílogo de “Leal”. En esta primera entrega todo resulta aparatoso y artificial y la excusa argumental de la alteración del genoma humano se diluye como un terrón de azucar en cuanto Hollywood saca a escena todo su carrusel de maquinaria y efectos digitales de última generación. De esta manera, la distopía se transforma en una especie de Disneylandia