Gloria LATASA
gloriameteo@hotmail.com

Aguas mágicas

El río Laña, afluente del Zadorra, era portador de una buena cantidad de agua el pasado sábado. Estaba transportando parte de las precipitaciones que la Sierra de Badaia –a pocos kilómetros al noroeste de Gasteiz– había recibido los días anteriores. Fuertes lluvias e intensas nevadas cuya huella permanecía igualmente en los campos de la zona, totalmente anegados.

Me dirigía hacia una de sus cimas, la Cruz de Ganalto, desde Hueto Arriba. El camino atraviesa el cauce de este pequeño río en un punto en el que aflora un estrato rocoso, habitualmente seco. Sin embargo, en esta ocasión llevaba la suficiente carga de agua como para tener que vadearlo con atención.

Un poco más arriba, un pequeño desvío a la izquierda permite el acceso a un gran espectáculo: La Cueva de los Goros. Una cavidad formada por cinco bocas colocadas en dos niveles, antesala de un gran sistema kárstico de casi dos kilómetros de recorrido, que resulta ser el nacedero del Laña. Cuando se producen fuertes lluvias puede llegar a inundarse (ha habido casos de montañeros atrapados en su interior) y a dar lugar a la aparición de cascadas.

Pero si lo auténticamente sorprendente –obviando el agradable paso por la cima– fue el descenso, en el momento en el que había que volver a atravesar el pequeño cauce. Porque allí donde había una corriente de agua unas horas antes ahora no había prácticamente nada. El río había desaparecido como por arte de magia. Sin embargo, el truco tiene explicación.

Los cambios de caudal de este río están relacionados con las variaciones del nivel freático (altura de las aguas subterráneas) de la sierra. En épocas de sequía el nivel freático desciende. En períodos de fuertes lluvias, asciende y se acerca a la superficie. Y con precipitaciones extraordinarias llega a desbordarse. Es entonces –como ocurrió aquella mañana– cuando el agua fluye hasta un momento en el que el nivel freático se regula y, al cesar la «alimentación», se seca el cauce.