La belleza más pura y milenaria bajo el influjo de la luna

Hay películas que se hacen grandes gracias a los premios anuales, pero hay otras que son tan inabarcables que toda recompensa de sus contemporáneos sería poca, debiendo ser el juez supremo del tiempo el que las tenga que poner en su sitio. No en vano el recorrido temporal de “El cuento de la princesa Kaguya” (2013) se remonta en el pasado hasta los siglos IX y X, porque se trata del más antiguo que se conserva en Japón. Consciente de todo ello, el maestro de la animación Isao Takahata quería hacer una adaptación muy madurada y sin prisas, algo que no ha podido ser porque su mundo perfeccionista se acaba con el fin del estudio Ghibli, razón por la que ocho años de esmerada elaboración ha sido el margen obligado con el que este paciente octogenario ha podido contar.
Su impagable trabajo artesanal se traduce en un largometraje que pasa de las dos horas y cuarto de duración, pero cuya invitación al trance contemplativo no entiende de la dependencia del reloj. Es tanta la belleza que acumula su obra cumbre que aturde los sentidos del espectador, consciente de ser el receptor de un legado de valor incalculable en su técnica puramente manual de dibujos al carboncillo y fondos de acuarelas que dejan espacios en blanco abiertos a la imaginación. Y en medio del ritmo extasiado del conjunto, brotan esas mágicas explosiones de movimiento, con la protagonista corriendo en un barrido visual heredado de las revolucionarias series televisivas que Isao Takahata acuñó en los años 70 a partir de las más populares novelas infantiles occidentales.
La narrativa poética de la que se nutre “El cuento de la princesa Kaguya” es la que Mizoguchi volcó en “Cuentos de la luna pálida de agosto” (1953), compartiendo el tono fabulador y misterioso bajo el influjo lunar sobre los ciclos de la naturaleza, materializado aquí en una criatura mística de forma humana.

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