Vidas
Fernando Alonso, tras sufrir un espectacular accidente con su bólido en el circuito en plena carrera, tras dar varias vueltas de campana, chocar contra el muro, dejar el coche con siniestro total, declaró que le dolían un poco las rodillas de golpearse contra la dirección, que se sentía un poco magullado y que “había gastado una de sus vidas”. Considera el asturiano que se tiene más de una vida. Lo mismo que se les atribuye esa posibilidad a los gatos. Lo que sí es cierto es que viendo esas imágenes tan aparatosas, la manera en las que salió de los hierros retorcidos por su propio pie, sus declaraciones juiciosas comparadas con lo sucedido en una autopista mediterránea en donde un autocar choca, da vueltas de campana y tenemos un parte momentáneo de catorce muertos, todos ellos jóvenes que venían de las fiestas falleras, algo hay que no acaba de estar compensado. La vida, las vidas, no valen lo mismo. A esos muchachos parece que a la primera se les acabó el crédito.
Y si en el mismo noticiario ves imágenes de las islas griegas, del goteo de cadáveres de niños, jóvenes, adultos o ancianos, con el que se siembra ese mar tan poético, entonces preguntarse por la vida, por las supuestas vidas que uno puede tener para ir gastando, jugando a la ruleta rusa, conduciendo una bicicleta en una capital peninsular o comiendo algunas hamburguesas de multinacional franquiciada, puede llevarnos a una rebelión contra los dioses, los filósofos y, sobre todo, contra los políticos que se embadurnan de poder para despreciar la vida de los demás, como si lo que sucede fuera solamente una ficción televisiva.
Muchas vidas, desde la de cura en barrio marginal, hasta empresario de noche, pasando por manager y actor de escenario y televisión tuvo Carles Flavià, que se nos acaba de ir mirando de cara a un maldito cáncer en su Barcelona natal.

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