Paisaje de luz, fantasmas y poesía

El tiempo y las emociones de la factoría Ghibli se mueven a un tempo muy diferente del resto de las compañías. Mientras en buena parte del universo animado impera el frenesí y el ritmo enloquecido –como si se rigieran por las manecillas enloquecidas del Conejo Blanco de «Alicia en el País de las Maravillas»–, en la prestigiosa compañía japonesa todo transcurre en una especie de universo paralelo en el que prima el puro deleite casi estático e invisible –tal vez fantasmagórico– de esa fantasía que tiende a ocultarse detrás de las esquinas de la realidad y que es solo perceptible por la mirada del que quiere ver y, por supuesto, de los niños que reniegan de la dictadura del reloj. Hace diez años, el gran mentor de esta factoría de sueños llamada Ghibli –Hayao Miyazaki– dio a conocer un listado de libros infatiles esenciales. Entre estos cincuenta títulos figuraba “Marnie Was There”, escrito por la británica Joan G. Robinson en 1967, y que ha inspirado esta nueva joya orquestada por Hiromasa Yonebayashi, un autor que ya dio muestras de que sabía desenvolverse por estos territorios en “Arrietty y el mundo de los diminutos” (2010). Siguiendo los parámetros dictados por el referente Miyazaki, el argumento resulta tan prometedor como original ya que su espíritu transita por lugares tan complejos como la depresión infantil y el vehículo que utiliza onebayashi para abordar esta ruta es la extrema sensibilidad y poética que transforma por completo el universo propio de la protagonista y nos adentra en un viaje de iniciación en el que cohabitan personajes que parecen extraídos de ese particular universo fantástico japonés en el que los fantasmas se tornan próximos y cómplices.

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