Carlos GIL
Analista cultural

Temario

Uno se pregunta, ¿de qué habla el arte laico? Del amor, de la muerte, del poder. La tragedia como expiación catártica, el drama como recordatorio, el humor como cauterización de las heridas sangrantes. Sobre el amor como ilusión o la guerra como tránsito entre el odio y la maldición. Un temario que, aunque parezca actual, es el de siempre, porque la humanidad en su conjunto no avanzamos mucho más allá de la inmediatez de un mensaje de voz. Los asuntos primordiales siguen intactos, acaso con unas capas de pintura indeleble que los camuflan.

Con unas sirenas perennes llamando a muerte como música de fondo, la cultura se encalla en un angosto pasaje entre la vida y la muerte. El valor de la cultura como fundamento de una identidad o de un anhelo se convierte en un salmo de unos libros sagrados que se han instaurado en el eje central de unos sistemas políticos y culturales que llegan a ahogar todo pensamiento libre, toda representación del ser humano que no entre en los parámetros éticos, fundamentalistas, que configuran unas estéticas estrictas.

Una bala o una bomba no pueden pararse solo con palabras, ni sonidos cavernosos, ni gestos coreográficos, ni bellos murales pero sí paliar sus efectos y evitar los motivos para que esos inventos de muerte queden anulados se puede lograr uniendo todas las letras de todos los idiomas del mundo en un vocablo: vida.