Cuando el éxodo masivo se daba dentro de Europa

La historia se repite, y para todos y todas sin excepción. No está de más que una película nos recuerde que dentro de Europa también se dió el éxodo masivo durante la II Guerra Mundial, de la que no ha pasado tanto tiempo como para caer en el olvido general. Aunque “Mayo de 1940” no pretende ser una alegoría sobre el problema de los refugiados que ahora llegan al viejo continente desde el sur, resulta inevitable pensar en el trato excluyente que reciben, cuando fueron los padres y abuelos de los que deberían ser sus anfitriones quienes hicieron el viaje inverso a causa del avance de las tropas nazis. No hay nada mejor que mirar hacia atrás para calzarse los zapatos desgastados de cuantos caminan rumbo al exilio sin un destino seguro.
Pero seamos sinceros, la perspectiva cambia completamente viendo el cuarto largometraje de Christian Carion, porque aquellos ocho o diez millones de desplazados dentro del Estado francés contaron con el apoyo solidario de la Resistencia, y a pesar del peligro que corrían se sintieron como un pueblo unido en la adversidad. Aquel espíritu colectivo esta representado por los habitantes de una pequeña localidad rural cercana a Arras, y que son evacuados con su alcalde y alcaldesa (Olivier Gourmet y Mathilde Seigner) al frente.
Hay mucho de primavera heroíca en el relato de Carion, inspirado en el caso real de su propia familia, tal como lo refleja la luminosa fotografía de Pierre Cottereau. Aquel mes debió de ser especialmente caluroso, y en la película se puede apreciar que la naturaleza sigue su curso, ajena a la locura belicista humana, con esos escuadrores de tanques panzer arando los campos de trigo en su intención de sembrar el miedo, a la vez que el cielo azul se cubre de stukas que arrojan sus bombas en la carretera recorrida por la marcha civil. Y la música del viejo Morricone pone la nota nostálgica a casi un siglo de vidas errantes.

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