Mikel INSAUSTI
CRÍTICA «Magallanes»

Un grito desesperado en quechua y sin traducción

La escena culminante de “Magallanes” se cierra con un discurso desesperado y a voz en grito, dicho por la actriz Magaly Solier (ganadora del premio a la Mejor Actriz en el festival de Huelva) en lengua quechua. No está subtitulado, y no es ningún descuido, porque el debutante Salvador del Solar ha querido que quede así, sin traducir. Es su forma de expresar la desolación de la población indígena que es ignorada, porque para el resto es invisible y muda.

Una realidad que conecta con el tema central de la ópera prima del hasta ahora actor, que es el de la redención imposible para crímenes que no tienen perdón. La razón por la que el arrepentimiento no basta estaría en que los abusos del pasado generan la violencia del presente, con lo que se entra en una espiral sin solución. El antiguo soldado que combatió a Sendero Luminoso en Ayacucho tratará de compensar el daño causado, pero la víctima superviviente acaba por no aceptar el pago material a cambio de la dignidad que le fuera robada, cuando siendo menor de edad fue convertida en esclava sexual de un coronel que se ha acabado volviendo amnésico de viejo a causa del alzheimer.

El problema de “Magallanes” es la manera un tanto precipitada en que trata de resolver las cuentas pendientes, estableciendo un diálogo temporal algo deformado que se pierde en la fragilidad de la memoria. Y así lo que estamos viendo en todo momento es el desarrollo actual de unos acontecimientos desbordados por sentimientos guardados o bloqueados desde muchos años atrás. En ese punto emocional el amor que el protagonista, ahora taxista en las calles limeñas y chófer del militar retirado, procesa a la mujer a la que tanto mal hicieron en su época de uniformados resulta bastante forzado. Máxime cuando sale a relucir en medio de una trama de extorsión y secuestro, que se supone una prolongación de una naturaleza agresiva imposible de corregir.