Mal uso
Sí, se usa muy mal el idioma. La perversión política lleva a desgastar palabras bellas, movilizadoras hasta convertirlas en inservibles, en una suerte de estropajo para azulejos. Empieza a rasparme la vía láctea de mi cuenco craneal cuando veo como se escupen la palabra responsabilidad. Los más irresponsables son los maltratadores de este concepto que debería inscribirse en algún renglón de la nueva e iluminadora declaración de los derechos y los deberes humanos que esperamos se redacte antes de que los que queden en el Planeta empiecen a pelearse de nuevo con quijadas de concejal.
Las supuestas matizaciones de los conspicuos vividores del erario público que se conocen también como cargos públicos y que se reproducen en casi todos los medios y climatologías son expertos en comulgar con ideas de molino de viento oportunista. Ahora mismo los monaguillos de la corrupción de Rajoy se empeñan en desvirtuar con todo tipo de grasas ideológicas la supuesta conciencia de algunos de sus diputados. Para ello se retratan de una manera tan feroz y clara como Ramón Jauregui, que llega a distinguir entre moral, ética y política, que se aderezan con unos toques tan impropios como técnica, o para llevar a la extenuación a sus fieles se envuelven en lo de táctico y estratégico. Así les queda que lo único que bendice la santa iglesia del poder para seguir en sus poltronas es traicionar al voto obtenido con un programa y unas ideas, porque en eso no hay conciencia que valga. Ni coincidencia. El atenuante es esa turbia responsabilidad. Estos malos usos acaban produciendo delirios que nos llevan a admitir como excelencia democrática, la mierda actual de lo vivido en el partido zombie que ya parece espectral. Todos sus remedios siempre acaban siendo mucho peores que su ya larga enfermedad: la falta de ideología.

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