Los amores imposibles nacidos de odios belicistas

Después de tres películas sobre los fantasmas del presente como “Joven y bonita” (2013), “En la casa” (2013) y “Una nueva amiga” (2014), François Ozon ha preferido mirar hacia el pasado a través de una sensibilidad cinematográfica más clasicista. Si bien es cierto que adapta la misma obra teatral de Maurice Rostand “L’homme que j’ai tué”, que ya llevó a la pantalla el maestro Ernst Lubitsch en “Remordimiento” (1931), se desentiende de aquella versión para hacer la suya propia, que se inspira mucho más en “Carta de una desconocida” (1948), tomando de Max Ophüls el gusto por el melodrama romántico narrado en función de la distancia que sublima o destruye las relaciones epistolares a la vieja usanza.
Hay muchas misivas de amor y desamor leídas en voz alta a lo largo de “Frantz”, pero todo arranca con la que recibe la joven protagonista alemana en 1919, nada más terminar la Gran Guerra. Es una carta enviada desde el frente por su prometido que ha caído en combate, y que resultará haber sido escrita a cuatro manos por él mismo y el enemigo que le ha quitado la vida. La paradoja se revelará demasiado contradictoria como para poder ser resuelta, convirtiéndose finalmente en trágica metáfora de dos potencias europeas enfrentadas en un eterno conflicto de amor-odio. Ella puede llegar a perdonar al hombre que mató a su novio, tal vez hasta enamorarse de lo que haya de común entre las sensibilidades del finado y del superviviente, aunque de nada servirá en un mundo en ruinas atrapado sin remedio dentro de una espiral belicista.
Ozon deja a un lado el tema del arrepentimiento y la redención, para centrarse en la confrontación social que condiciona los sentimientos de las personas. Se luce en la descripción del ambiente hostil que se encuentra el excombatiente francés en Alemania y la chica alemana cuando llega a París, con una paz de cementerio.

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