El arte del disfraz y su función terapéutica en las malas relaciones personales

Es la favorita para el Óscar de Mejor Película de Habla No Inglesa, habiendo sido seleccionada para dicha competición por Alemania, y con el marchamo de su triunfo en los premios del cine europeo con cinco trofeos a Mejor Película, Mejor Dirección, Mejor Guion, Mejor Actor y Mejor Actriz. A tales garantías hay que añadir el premio FIPRESCI de la crítica internacional obtenido en el festival de Cannes. No es que “Toni Erdmann” sea la comedia soñada, porque hasta se puede entrar a discutir si realmente es una comedia, pero es una de esas películas rompedoras que dinamitan un género a fuerza de talento innovador y sentido del riesgo. En contra puede tener su larga duración de más de dos horas y media, que es algo insólito en el cine de humor, aunque una vez en la sala te atrapa con su sorprendente e imprevisible trazado que no decae nunca, hasta culminar en un clímax emocional definitivamente desarmante.
La cineasta alemana Maren Ade ha hecho una propuesta en su tercer largometraje de las que marcan un antes y un después, no dejando indiferente a nadie, lo que supone un gran salto con respecto a sus anteriores “Los árboles no dejan ver el bosque” (2003) y “Entre nosotros” (2009). Y es la descubridora del singular y raro talento cómico del actor Peter Simonischek, sobre cuya actuación reposa todo el mensaje sociológico de “Toni Erdmann”, en cuanto que el personaje inventado del título es una careta burlesca tras la que se oculta un padre que quiere recuperar a su hija, superando para ello la gran barrera generacional que les separa.
El payasesco Toni Erdmann no necesita más que una dentadura postiza, una peluca y un rallador de queso para ridiculizar el mundo de empresa en el que está atrapada una joven consultora, que parece más hija de Angela Merkel que suya. Hay que empezar a reirse del progreso.

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