Ahogados bajo el peso subrayado de tantas emociones

El gran peligro que conlleva intentar plasmar en la pantalla una historia más grande que la propia vida radica en que semejante exceso puede derivar hacia la parodia. Tanto dolor acumulado, tanta pompa en cada secuencia subrayada por frases que tienden a explicar más de lo que se debería, acaban por transformar el drama en tormento. Mucho de ello hay en este nuevo intento por parte de Derek Cianfrance de orquestar un drama mayúsculo, zurcido mediante frases y miradas cuya profundidad acaban por perderse en mitad de la nada, entre una bruma cadenciosa en la que el totémico faro que determina la soledad cómplice de la pareja protagonista apenas logra iluminar lo errático de un argumento llevado al extremo. Si en su apabullante “Blue Valentine” el autor logró equilibrar esos excesos, en esta oportunidad todo se dispara por culpa de un empaque dramático inspirado en el drama griego. Ni siquiera contar con una pareja protagonista de la talla de Michael Fassbender y Alicia Vikander garantiza al guión una estabilidad dentro de una historia marcada por el dolor que anida en las entrañas y el anhelo por construir la felicidad mediante actos de muy dudosa ética. El dolor que trajo consigo el veterano de la Primera Guerra Mundial y que comparte junto a su compañera en un faro australiano, adquiere una nueva dimensión con la irrupción de un bebé que llegó a la deriva en un bote. Es una lástima que el filme no haya aprovechado el excelente material que anida en la novela de M. L. Stedman y todo quede en un mero compendio de sufrimientos a flor de piel que se sucenden a través de interminables fundidos y una banda sorona compuesta por Alexandre Desplat que martillea constantemente al espectador para recordarle, por si no lo sabía, que está ante un drama tremebundo.

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