Mikel INSAUSTI
JACKIE

De Chile a Estados Unidos, el año en que Pablo Larraín ennobleció el biopic

Para quien todavía dudara de Pablo Larraín, ahí quedó, para la Historia, el año 2016. En él, una de las pocas buenas noticias registradas fue sin duda la eclosión definitiva de uno de los nombres más imprescindibles para entender qué ha pasado en el cine latinoamericano en las últimas temporadas. Y es que tanto desde la dirección como desde la producción, Larraín se ha erigido en un auténtico garante de calidad. Un modelo a seguir; para los festivales, un bien de lujo por el que darse codazos los unos a los otros.

El cineasta chileno está en estado de gracia. Es por esto que sus últimos trabajos se han presentado en las plazas más prestigiosas del mundo, cosechando además grandes reconocimientos en todas ellas. Después de haberse dado a conocer (definitivamente) con “NO” en la Quincena de Realizadores, y de quedarse a las puertas de la gloria en la Berlinale con la magnífica “El club”, Larraín estaba listo para ejecutar ese doble salto mortal sin red de seguridad que le pondría, por fin, y con total merecimiento, en los radares cinéfilos del mundo entero.

Así, en el breve lapso de media temporada festivalera, se las ingenió para presentar dos películas memorables, con el añadido de pertenecer, ambas dos, a un género normalmente tan poco estimulante como el biopic. Pues llegó Larraín e hizo que recobráramos la fe. Primero con “Neruda”, ingeniosísima reflexión sobre la imposibilidad de retratar (es decir, atrapar) la historia detrás de la Historia; después con “Jackie”. Esta última película es un sofisticado artificio con cualidades de Óscar, pero con una sensibilidad artística (y una capacidad analítica) muy por encima de la media de dichos premios. La excusa: la muerte de JFK. El hilo conductor: Una Natalie Portman de nuevo soberbia. La verdadera intención: desnudar la trascendencia histórica y vestirla de luto. Una –dolorosa– delicia.