V.E.
HEDI, UN VIENTO DE LIBERTAD

Túnez, entre la renovación y el estancamiento

A riesgo de empezar a sonar como un disco rayado, es conveniente (incluso necesario) recordar que el año pasado, la sección oficial a competición de la Berlinale fue un horror. Una de las peores ediciones que se recuerdan, no solo de la cita alemana, sino también de cualquier otro gran certamen cinematográfico. ¿Qué pasó? Grosso modo, se apostó descaradamente por el pedigrí; por los logros del pasado... y no por los del presente. En otras palabras, se depositó demasiada fe en los grandes nombres, en aquellos autores que deslumbraron antaño... pero que ahora llegaban demasiado cansados. Más que esto, agotados, casi secos de ideas. Por supuesto, hubo –contadas– excepciones a la regla, y afortunadamente, otros oasis en los que refugiarse.

El talento joven al rescate. Ya fuera por méritos propios o por incomparecencia del rival, una de las cintas que mejor sabor de boca dejó el año pasado en la Berlinale fue la que ahora nos ocupa. La firmó Mohamed Ben Attia, un debutante en el largometraje, tanto en la dirección como en la escritura... y como si fuera, por lo menos, su décima película. Desde el Túnez post-primavera árabe, he aquí un drama que conjuga con pulso y sinceridad las angustias y esperanzas íntimas y colectivas. Al más puro estilo Dardenne, quienes no en vano, ejercen aquí de productores.