Locuras del tiempo
En 1818 el glaciar de Bossons avanza y se derrama sobre algunos bosques y campos de cultivo del valle de Chamonix. Incluso llega a amenazar alguna aldea. Los habitantes de la zona, asustados, recurren a una procesión para solicitar al cielo que paralice el desplazamiento del hielo y, con la idea de frenarlo, colocan una cruz sobre la morrena terminal. Allí permanecerá hasta principios del siglo XX –contribuyendo al retroceso del glaciar, según cuenta alguna leyenda– sirviendo de gran ayuda para medir la posición de su parte frontal.
No es la primera vez que algo así ocurre. Situaciones como esta se han repetido, asociadas a un largo período de tiempo que se extenderá desde mediados del siglo XIV hasta mediados del XIX y que es conocido como la Pequeña Edad de Hielo. Un «paréntesis» entre el período Cálido Medieval y el cálido actual, en el que –con episodios de mayor y menor intensidad– se llegaron a vivir inviernos largos y muy fríos. Sin embargo, el fenómeno –que llegó a afectar a lugares tan lejanos como China o Nueva Zelanda– no goza del nombre más adecuado, en opinión del profesor británico Brian Faban. Al parecer, lo que caracteriza dicho período no es solamente un frío intenso, sino la alternancia de unos cambios climáticos súbitos y drásticos –a veces catastróficos– y, en esencia, el paso de un extremo a otro.
Sí que hubo períodos de inviernos muy fríos (paradójicamente en algunos lugares se obtuvieron beneficios económicos con la venta de hielo) en los que se helaron ríos y canales, avanzaron los glaciares… Pero también, veranos extremadamente lluviosos, veranos muy cálidos y secos, tormentas cada vez más frecuentes… En definitiva, una época de variaciones imprevisibles cuya aparición, según Fagan, podría estar relacionada con una oscilación climática irregular, causada por una compleja interacción entre la atmósfera y el océano, cuya total comprensión aún se nos escapa. Locuras del tiempo –que hoy también nos parece un poco loco– en el que apenas habíamos intervenido todavía.
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