Cálculo electoral mezquino entre aliados inmejorables
La campaña en torno al referéndum sobre la crucial y controvertida reforma constitucional que impulsa el presidente de Turquía, Recep Tayyip Erdogan, que se llevará a cabo el próximo mes, ha llegado también a Holanda, que celebra sus elecciones legislativas pasado mañana. La diáspora turca en Europa tiene casi siete millones de personas y su voto puede ser determinante ante unos pronósticos que dan un empate virtual al intento de Erdogan de instaurar un régimen presidencial y concentrar en su persona poderes excepcionales con el argumento de luchar contra los «terroristas». Holanda, por su parte, celebra unas elecciones que todos miran con preocupación y que pueden marcar tendencia en las citas electorales francesas y alemanas. Retroalimentándose, ambos procesos electorales han tomado una senda donde el lenguaje tóxico, la hipérbole y la hipocresía responden a mezquinos cálculos electorales.
Ni Holanda es la capital del fascismo, ni Alemania es nazi, ni ninguna razón de seguridad puede impedir que los turcos con derecho a voto puedan participar en actos por el «sí» o por el «no». Hablar de contramedidas drásticas, echar leña al fuego de las tensiones diplomáticas tiene como objetivo levantar cortinas de humo y hacer que preocupaciones como la «identidad y el orgullo nacional», los migrantes, el «terrorismo» o el ataque o defensa del islam –según el prisma con el que se mire– eclipsen y hagan irrelevante el discurso de los opositores a Erdogan o de una izquierda holandesa centrada en la prosperidad compartida.
Irónicamente, la derecha y extrema derecha holandesa, con sus líderes Mark Rutte y Geert Wilders a la cabeza, y el líder islamista conservador turco Erdogan, en medio del fuego cruzado de peligrosas declaraciones que apelan a las más bajas pasiones, persiguen el mismo fin: imponer su agenda y proyectarse como líderes fuertes, que gobiernan con mano dura. Inflaman sus campañas, aparentando confrontación. En realidad, son aliados inmejorables.

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