Joseba VIVANCO
DESDE LA GRADA

Y el Athletic mandó a callar

Estoy cantando bajo la lluvia/ Solo cantando bajo la lluvia/ Qué gloriosa sensación/ Soy feliz otra vez...». I'm singing in the rain... sonaba en Anoeta mientras el agua arreciaba y el molesto viento racheado era incapaz de atemperar las leoninas anticipaciones de Yeray, la generosidad física de San José, el paraguas de Beñat, el hambre insaciable de Williams, el oficio de Raúl García, el olfato perdiguero de Balenziaga para no soltar a su par... El Athletic es feliz otra vez... Llegaba a casa del eterno vecino con el desalentador bagaje de no ganar lejos de San Mamés en Liga desde setiembre; de ser el quinto equipo de las cinco grandes ligas europeas con menos goles, 7, a domicilio; con una racha de cinco partidos sin marcar fuera de casa que no sucedía desde 1992... Llegaba aún con los rescoldos de la eliminación continental sin apagar, esos que reclamaban un cambio de ciclo, o los que martillean erre que erre con el poco fútbol del equipo esta temporada, los que hablan de acomodamiento, de autocomplacencia, de falta de actitud, de futbolistas lejos de su mejor nivel... Y llegó el derbi, y llegó Anoeta, y el Athletic mandó a callar... Maniató de inicio a la Real, le quitó el balón, su mayor tesoro, sufrió cuando se lo devolvió, evidenció porqué es de los equipos que peor defiende los centros al área de sus rivales, golpeó en el momento preciso con el segundo –Williams, en su partido cien, primer vizcaino que anota en feudo donostiarra desde Yeste en 2004–, fue solidario en el esfuerzo y aguntó el tirón hasta el pitido final. Con total merecimiento. «Hay que tener sangre fría y confianza en que lo vas a meter porque todo el trabajo del colectivo pasa por tus botas», explicaba Aitor Larrazabal su secreto desde los once metros. Como Raúl García ayer, como el Athletic en su conjunto, que tras su gol hizo piña encima del navarro sobre la resbaladiza yerba de Anoeta. Un gol para pelear por volver de nuevo a Europa. Un gol que mandó a callar.