Víctor ESQUIROL
LA BELLA Y LA BESTIA

Dibujos digitales: lo que alcanzó y lo que no puede alcanzar la factoría Disney

E n 1991, la Disney superó la que parecía ser su última gran barrera. Y es que la Academia Americana de Cine tuvo el atrevimiento de nominar, por primera vez en la historia, a una cinta de animación en la categoría de Óscar a la Mejor Película. Se trataba de “La bella y la bestia”, clásico instantáneo no solo dentro del reino de los dibujos animados, sino también del cine musical, romántico, fantástico... Un éxito total. Una cima que, por aquel entonces, se antojaba como insuperable.

Solo que más de un cuarto de siglo después, la industria del séptimo arte ha demostrado no tener límites. Así, tras casi ser barrida por la revolución digital, Disney entendió que debía renovarse o morir. De modo que aparcó el pincel y se subió al carro del pixel. Lo que viene a continuación es la confirmación de uno de los imperios cinematográficos más potentes jamás visto. Los otros elementos indispensables para comprender la imagen general corresponden a las modas de la época. De un presente tomado por la nostalgia y por la obsesión de que el ojo no pueda distinguir lo imaginario de lo real.

Es por todo lo comentado que este remake es, a todas luces, un capítulo más (y nada más) de una tendencia. Ahí está el problema, que la película de la que se parte fue un hito, y por lo visto, una cima inalcanzable; desde luego insuperable. El cineasta Bill Condon nos descubre las peores implicaciones de ser un “director de estudio”. Tanto él como su film atestiguan una alarmante falta de ideas ante un modelo consagrado... aunque no por ello infalible. Durante las más de dos horas de metraje, al espectador se le brindan demasiadas ocasiones para plantearse la pregunta más incómoda: ¿Por qué? Alerta spoiler: por lo de siempre, la magia del dinero. Ojo al dato: antes de su estreno, la película ya ha batido todos los récords de venta anticipada de entradas. Por esto, pues. Fin.