La máquina sin alma

E l primer largometraje de Rupert Sanders, “Blancanieves y la leyenda del cazador”, quedó injustamente relegado a la categoría de blockbuster del montón. De superproducción cualquiera cuyo éxito cabía otorgarlo exclusivamente al glamour de su reparto (con Kristen Stewart, Charlize Theron y Chris Hemsworth), pero lo cierto es que dicho director tuvo mucho que ver, sobre todo en la confección de un empaque visual impresionante, que elevaba al producto por encima de la media y que en ocasiones, tenía la osadía de acercarse a la perfección de maestros de la animación del calibre de Hayao Miyazaki.
Es por esto del anuncio de que Rupert Sanders iba a ser el encargado de comandar el remake americano del manga/anime “Ghost in the Shell” (una de las grandes joyas del cómic japonés), fue interpretado por algunos (me incluyo) como una base en la que asentar esperanzas. Buenas sensaciones que fueron a más con la presentación de los primeros tráilers de la cinta, en los que se podía ver a Scarlett Johansson (heroína actioner de nuestros tiempos) perfectamente fusionada con el personaje de La Mayor, pieza central en el universo originario de Masamune Shirow.
Por desgracia, a la hora de la verdad, las buenas vibraciones duraron poco. Exactamente lo que aguantó el impacto visual que supuso ver, en la gran pantalla, y con la maquinaria digital funcionando a pleno rendimiento, cómo la magistral animación de Mamoru Oshii se materializaba en carne, huesos y circuitos eléctricos. Cinco minutos después, Sanders se quedó sin argumentos, algo totalmente achacable a la comercialidad (en el peor de los sentidos) del producto. Y es que por querer hacer accesibles las tesis de Shirow y Oshii, Hollywood las convirtió en algo bobo, obvio, simple y, en consecuencia, aburrido. Esta nueva (?) criatura es de carcasa deslumbrante, sin duda, pero hueca en lo que a alma (y cerebro) se refiere.

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