España, un cáliz demasiado amargo
Mezcla de asco y espanto. Estos días ocupa pantalla la locuaz Susana Díaz; ya hay quien la denomina como «los sonidos que nada envuelven». Mujer de pocas subordinadas, en sus peroratas a manera de discursos la cosa esa llamada España ora es complemento directo, ora indirecto, ora circunstancial y las más de las veces sujeto. Ella por España, como la otra por Andreita, lo mismo mata que se inmola en altar sacrificial. Todo lo que habla no diciendo nada es por España. Antes era por Andalucía. Porque. Al parecer, antes Andalucía y ahora España se lo han pedido. Y a la niña de Rajoy, a generosa nadie le gana. Así que no para de emitir sonidos guturales que, en primer instante, llegan a confundirse con palabras; después, prestada atención, encontramos un discurso sin enunciados y sin sentido alguno, como ocurre con los sermones dominicales de los católicos: Jesús es amor, Jesús es el camino, Jesús es la respuesta (nadie sabe cuál era la pregunta, pero da igual), Jesús es la luz… Algo que maravilla a la feligresía viciosa del amén.
Susana Díaz es la nueva folclórica que nos promete su victoria, la del socialismo y la de España a un tiempo.
Dicho esto, asegura que los populistas son los otros. Cada día parece más un Felipe González con traje de faralaes. Y esa, dicen algunos, pasa por ser parte de la alternativa posible en España al ínclito Rajoy pico de oro.
En torno a ella, mostrando su beneplácito, toda la mugre de los apoltronados que arrojaron el socialismo español a las letrinas. Todos ellos enriquecidos por servir a «Ejjjpaña». Tan miserables que ni siquiera fueron capaces de recuperar los cuerpos de los «suyos» enterrados en las cunetas desde el 36.
Traidores y pusilánimes al servicio de los amos.
Decía Camus que después de cierta edad, todo hombre es responsable de su cara. Observad sus rostros y decid si no provocan el asco.

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