Mikel INSAUSTI
CRÍTICA «Mal genio»

Rotura simbólica de las gafas de pasta en el cine

Las películas son hijas de su tiempo, como lo son los personajes asociados a determinados movimientos culturales, porque nada escapa a la coyuntura histórica. Cuando yo era adolescente en las peleas de cine-club había dos bandos divididos entre los que cerraban filas en torno a Godard y los que preferíamos a Truffaut, pero con el paso del tiempo compruebo estupefacto que o todos los godardianos se han muerto o eran unos falsos que ahora se desdicen, porque ya nadie defiende al gran pope de la “nouvelle vague”. Así que me toca hacer de abogado del diablo para recordar que Godard ha sido el autor más influyente en la evolución del lenguaje audiovisual, incluido el publicitario, y que si sus películas ya no convencen es debido a su caracter puramente experimental y ensayístico.

Este reconocimiento no quita para que el culto a la persona de Godard me parezca una práctica mitómana fuera de lugar, y en esa dirección su excompañera sentimental y artística Anne Wiazemsky aportó mucha cordura con sus dos libros autobiográficos en los que desentrañaba su relación de pareja. Por lo tanto vienen que ni pintados para el ejercicio desmitificador de Michel Hazanavicius, no apto todavía para Cannes, pero sí para el resto de las pantallas desprejuicidas de hoy en día.

La caricatura en paralelo que el imitador de estilos cinematográficos Hazanavicius hace del cine de Godard es tan divertida como la que Louis Garrel ejecuta de su persona, con la ironía añadida de que el actor es hijo de otro representante de las viejas vanguardias, nada menos que el Philippe Garrel que también tuvo como musa inspiradora a la Wiazemsky. Cada vez que al protagonista se le rompen las gafas de pasta se desata el simbolismo paródico sobre lo que pudiera haber de pose en aquel intelecutalismo revolucionario, al que actualmente se ataca por el lado ideológico para renegar del cine militante del colectivo Dziga Vertov.