Iker BIZKARGUENAGA
BILBO
JOXEAN ETXEBERRIA, LIBRE

El 18/98 baja el telón dejando dolor pero sin lograr su objetivo

Joxean Etxeberria regresó ayer a Oiartzun dejando atrás dos décadas de persecución y de cárcel, donde ha permanecido más de once años. Él era el último preso del macrosumario 18/98, que estaba dirigido a acabar con la izquierda abertzale. Ni Baltasar Garzón ni el Estado español han cumplido su objetivo, pero han generado mucho sufrimiento.

«Podréis absolverlos o condenarlos, pero lo que no podréis impedir es que amplios sectores de Euskal Herria hayan visto en estas personas un ejemplo a seguir en la defensa de sus derechos». Estas palabras de Iñigo Iruin corresponden al último alegato de los abogados del medio centenar de procesados y procesadas en el sumario 18/98. Fue una intervención emotiva, respondida con aplausos por el banquillo, epílogo de la batalla que se había librado durante 16 meses en la Audiencia Nacional.

El resultado es bien conocido: fueron condenados y las penas fueron muy duras. Siguieron siéndolo para la mayoría aún después de haber pasado por el tamiz del Tribunal Supremo.

Ayer por la mañana abandonó la prisión de Soria Joxean Etxeberria, el último encausado que permanecía preso, a los once años de aquel alegato, veinte años más tarde de las primeras detenciones, casi tres décadas después de que Baltasar Garzón empezara a maquinar su obra. El dolor causado ha sido inmenso, pero ni el juez estrella ni el Estado que lo aupó han logrado su objetivo: liquidar a su gran antagonista, al sector que más firmemente se había enfrentado al régimen posfranquista.

«La izquierda abertzale ha sabido adaptarse. Estamos haciendo camino», declaraba el oiartzuarra a Euskadi Irratia nada más salir. «Tenemos que construir entre todos una paz verdadera», añadía, solo minutos después de dejar atrás once años de cárcel y dos décadas de persecusión (fue detenido por primera vez el 27 de mayo de 1998).

Hoy, la izquierda abertzale se ha reinventado, ha tejido alianzas y quiere mirar más al futuro que al pasado. Por contra, el régimen está tocado, más débil que en 1989, 1998 o 2007. Y aunque pueda ser algo anecdótico, el juez que dio soporte teórico a este disparate, el que quiso ser ministro, es un paria. En su haber hay sufrimiento, nada más.

Del Proceso de Burgos al 18/98

«1970 urtean, ‘Burgosko Prozesua’. 31/69 Sumarisimoan bi heriotz zigor jaso nituen. 2005 urtean berriz, 18/98 auzian. Atzo eta gaur, Espainiako Estatu-gerraren estrategiak bahitua. Euskal Herriak hitza eta erabakia behar du, eta hori lortu arte ez gaituzte isilduko. Utzi bakean Euskal Herria! Atzo, gaur eta beti: Gora Euskal Herria askatuta!». El párrafo que escribió Jokin Gorostidi en Idaztiñoa también fue leído por Iñigo Iruin en aquella última intervención. Su defendido y amigo había fallecido en vísperas de declarar y representaba aquello que se sometía a juicio, toda una trayectoria histórica de lucha.

Y es que el 18/98 fue un salto cualitativo en la estrategia del Estado, y eso es mucho decir para quien se ha labrado fama en las alcantarillas. Fue un ataque directo contra la izquierda abertzale, que trascendió incluso a ese colectivo sociopolítico. Entre el sumario matriz y los que le sucedieron –Jarrai-Haika-Segi, el movimiento pro amnistía, Batasuna, “Egunkaria”, Udalbiltza, Askapena...–, cientos de personas se han visto atrapadas durante años y han sido muchas las entidades, organismos, medios y empresas afectadas. La Mesa Nacional de HB ya había sido encarcelada en 1997, pero esta embestida iba más allá. Y sigue, pues todavía hoy más de cuarenta personas esperan juicio por su respaldo a los presos.

«Todo es ETA» era la máxima, y a esa organización fueron añadiéndole siglas: ETA-KAS, ETA-KAS-Ekin, ETA-KAS-Xaki, ETA-Batasuna, y así siguieron, ad nauseam. Mucha gente empezó a ser de ETA, incluso dirigente, sin saberlo. Y no había líneas rojas. «¿Acaso pensaban que no nos íbamos a atrever?», declaró ufano José María Aznar cuando doscientos policías cerraron “Egin”. Se atrevieron a eso y a lo que vino luego. Y cuando finalmente empezó la vista oral del 18/98, a nadie le extrañaba nada que pudiera llegar de Madrid.

El juicio, una condena

Las dilaciones indebidas o los retrasos interesados hicieron que el juicio comenzara en noviembre de 2005, casi ocho años después de que Garzón abriera el sumario. Esa misma primavera se había celebrado la vista del “caso Jarrai-Haika-Segi”, donde los jóvenes encausados dieron una lección de entereza, rebeldía y comunicación, y en la Audiencia Nacional nadie quería que se repitiera lo que se vivió como una derrota. Encomendaron a Ángela Murillo presidir el tribunal, y la magistrada marcó su impronta desde el principio.

La actitud de la presidenta, hosca y hostil con los acusados, marcó el desarrollo de un juicio que fue largo y se hizo muy duro. Los desplazamientos a la Casa de Campo, las constantes interrupciones, las enfermedades, algunas graves, y la muerte de Gorostidi –luego fallecería José Ramón Aranguren– dejaron marca en un grupo unido que ya había perdido a varios compañeros antes de empezar la vista. También fueron duros los testimonios de algunos encausados, que narraron la tortura sufrida, y más que dura, cínica, la respuesta que les dio Murillo. Además, tuvieron que lidiar con las arbitrariedades del tribunal, asistir al testimonio de policías y guardias civiles que ejercieron de peritos cuando eran parte, y constatar que los términos de la sentencia tendrían poca relación con pruebas o indicios. Esos 16 meses fueron vividos como una auténtica condena.

Sin embargo, en ese contexto tan agrio, el 18/98 dejó también algún poso dulce, sobre todo en la calle. La plataforma 18/98+ fue la dinamizadora de un movimiento de solidaridad muy diverso, capaz de traspasar fronteras mentales y aunar a personas y agentes de distintas procedencias. Al calor de ese juicio se tejieron algunas complicidades que todavía siguen en pie y se implementó una forma de trabajar, horizontal y transversal, que luego se ha mantenido.

No puede decirse que el 18/98 sea historia, sus consecuencias aún perduran. Pero sus víctimas siguen dando ejemplo, y son ejemplares para cada vez más gente. Esa es su victoria y la pena de quienes les condenaron.