A la espera
Sigo esperando pacientemente. Esperando que por un lado o por otro, de una o de otra manera, se empiece a reconocer el daño causado. No espero peticiones de perdón, que suenan a limpieza de confesionario, a blanqueo de conciencias y expedientes, sin mayor requisito que el propósito de enmienda. Propósito, que no garantías; ya ven si es barato. Tampoco espero, ni remotamente, la asunción de responsabilidades porque eso requiere un derroche de confianza y no la tengo; y más aún, de ingenuidad, y tampoco. Y porque, de todas formas, el hecho de no asumirlas, no exime de tenerlas. Por eso están ahí, tan oscuras y opacas como claras y visibles, adheridas a trajes de buen corte, y camisas de mercadillo, uniformes y sotanas, batas blancas y togas negras. Así que la cosa es sencilla: no aspiro a grandes gestos y tampoco los exijo: espero tan solo un «sí». Sí: fuisteis torturados. Sí: no os creímos, no quisimos creeros. Sí, os abandonamos. Sí, condecoraron a vuestros torturadores y nos pareció estupendo; los indultaron, y estuvimos encantados. Sí, dejamos abiertas todas las vías para que fuerais miles. Miles de torturadas, miles de torturados. Sí: mientras vosotros gritabais, nos quedamos mudos y nos hicimos sordos. Y sí: hoy, todavía, continuamos sordos y seguimos mudos. Selectivamente sordos, selectivamente mudos.

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