Absurdos
El mismo día en que en Donostia Manuel Valls alababa el patriotismo español y el francés con la misma vehemencia con la que repudiaba los «regionalismos absurdos» como el vasco y catalán, en Ajaccio miles de corsos se manifestaban para reclamar de París que la Constitución francesa recoja de una vez la singularidad de su identidad, de su lengua y de su cultura. La víspera, el parlamento insular votaba, con el apoyo de diputados macronistas, una resolución en ese mismo sentido, que no es otro que el de un estatuto de autonomía que posibilite entre otras cuestiones la oficialidad de la lengua corsa y la puesta en marcha de un sistema fiscal propio. Mañana será al propio Macron a quien se lo digan, ya que el presidente visita la isla en el vigésimo aniversario del atentado mortal contra el prefecto Erignac. Si de Valls dependiera, no habría reunión, porque, según él, nada hay que negociar con los que quieren romper con la unidad del Estado nación. Él, que se siente orgulloso de que «Francia corra por sus venas» sin tener «ni un gota de sangre francesa» parece no comprender que su elección le corresponde y le afecta en exclusiva a él, nuevo converso de patria excluyente. Ya es absurdo llamar regionalismo al sentimiento nacional minorizado, mientras se apela al patriotismo supremacista. Pero más absurdo aún es creerse, además, demócrata con superioridad moral.

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