Reclutamiento, turismo, salvamento y agasajo oficial

Al abuelo Eastwood no es que se le haya olvidado hacer cine o que esté senil, sino que simplemente ha sentido en la recta final de su existencia la llamada del deber patriótico. Y si “El francotirador” (2014) se podía prestar a algún tipo de ambigüedad, que incluso llegó a dividir a la crítica en función de su ideología, me temo que con “15:17 Tren a París” el consenso negativo va a ser prácticamente total. Porque es una película de manual propagandístico, sin dobleces ni ambages, que quiere ser un banderín de enganche para la ciudadanía estadounidense a la hora de dar la vida por su patria, entendida esta como el centinela o guardián de Occidente, por lo que todos en Europa deberíamos también estar agradecidos a nuestros salvadores y garantes del capitalismo del que disfrutamos.
La nueva película del señor Eastwood es tan simple como una hamburguesa (vuelta y vuelta) y se divide en cuatro partes perfectamente delimitadas. La primera parte, y la más extensa, es la referida a la infancia y juventud de los tres futuros héroes, con todo el proceso militarizador que empieza en la escuela, sigue en el hogar con armarios llenos de armas de fuego, y concluye en el campo de reclutamiento derivado a los distintos cuerpos del ejército. La segunda se centra en el permiso que los dos jóvenes uniformados aprovechan para viajar por el viejo continente con su tercer amigo civil. La tercera, que no pasa de los diez minutos, se reduce a la acción propiamente dicha con la operación de salvamento del pasaje del tren Thalys ante un intento frustrado de atentado. Y el capítulo final ofrece un montaje con imágenes de archivo que contienen casi íntegro el discurso de François Hollande y la imposición al trío de la Legión de Honor. A modo de epílogo se incluye además la oración de San Francisco de Asís.
Jamás me había aburrido tanto en una peli del amigo Clint.

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