07/06/2018

Iñaki Egaña
Historiador
Txabi Etxebarrieta

Si nada de aquello hubiera sucedido, hoy Txabi tendría 73 años. Aún hubiera tenido tiempo para asistir a ese cambio que comenzó a desbrozar

«Solo tenemos que avergonzarnos de aquello ante lo que hemos huido y de lo que hemos rehuido» (Txabi Etxebarrieta)

Ha pasado medio siglo. Y, sin embargo, resuenan los brillos del pasado entre los raíles de un tren cuya estación de destino se difumina entre la bruma. Las marcas del tiempo se escudan como muescas en la tierra. Muescas que nos van inscribiendo caminos y nos hacen ser como somos, a través de ecos atávicos de los que apenas tenemos noticias. Algunos más lejanos que otros, añadidos a la velocidad que necesitamos para correr hacia el futuro antes que se mude en presente.

Euskal Herria está atravesada de numerosas biografías, acontecimientos y sucesos que han acentuado nuestras convicciones en uno u otro sentido. La familia, la comunidad, se conforma con ellos, cohesionándola, dispersándola, contaminándola. No estamos impermeabilizados, no somos de hierro. Ni siquiera esperamos tener la razón definitiva para la elección. Nuestra mochila nos enfila y la comunidad cercana nos reafirma.

Cuando echamos la vista al pasado, me ocurre a menudo, nos embarga cierta nostalgia. Pero no por aquella máxima de que «los tiempos pasados fueron mejores». Sino por esa responsabilidad que nos atrapa a quienes hacemos de hilo de transmisión para que aquel recuerdo, aquella vida ya apagada, no caiga en el gran agujero negro que es la historia. Sin letras, sin imágenes, la memoria se queda desnuda y el olvido descansa a sus anchas. Por eso, quizás, en vez de nostalgia debería haber escrito otra palabra que hoy las teclas de mi ordenador se niegan a identificar.

Los aniversarios son como punzadas en el alma. «Ven a sentarte conmigo, a la orilla del río. Con sosiego miremos su curso y aprendamos que la vida pasa y no estamos cogidos de la mano», escribió Fernando Pessoa. «Tu ausencia me rodea como la cuerda a la garganta», matizó Jorge Luis Borges.

Fue Txabi Etxebarrieta un enamorado de la vida, también de la poesía. Admiraba a Pablo Neruda. Tal y como redactó el poeta chileno, siento uno de sus versos, «Todo me lleva a ti», como si el destino fuera ese joven estudiante de Escolapios que en 1962 se matriculó en la facultad de Ciencias Económicas de Sarrico. O aquel de Walt Whitman que subrayó en su cuaderno de notas: «No dejes nunca de soñar, porque en sueños es libre el hombre». No puedo dejar de sentir aquel tiempo como si fuera ayer, a pesar de haber transcurrido ya medio siglo.

Pero no todo es poesía, a pesar de que algunos de los actores fueran poetas. Recuperando a Albert Camus, «la nostalgia toma un día las armas y asume la culpabilidad total. Los fines son los mismos. La ambición aumenta». La herida reabierta de una guerra aún cercana, y también la ilusión por moldear aquel escenario disipado en tonalidades grises, fue el enganche de toda una generación. De varias generaciones.

Simultáneamente al debate que ha llevado a ETA al cierre de su ciclo político y armado, se cumplen ahora 50 años de la desaparición de uno de los militantes más carismáticos de la organización vasca en la década de 1960, Txabi. Que fue precisamente la de su nacimiento y consolidación, en una de las fases más nefastas del franquismo con relación al mantenimiento de su proyecto totalitario y uniformador.

Txabi Etxebarrieta, que murió tiroteado en un control de la Guardia Civil en el barrio tolosarra de Olarrain, un 7 de junio de 1968, fue el primer militante de ETA que falleció después de haber superado otro control en el que perdió la vida, en esa ocasión, un agente de la Benemérita. Txabi fue el primero que mató y murió. Unos mes antes, fallecía otro de los pioneros de ETA, José María Quesada, en una agonía de varios años como consecuencia de las torturas de le había infligido, entre otros, el comisario Melitón Manzanas.

Ocho semanas después de la muerte de Txabi, ETA mató al inspector Melitón Manzanas, en la que fue, asimismo, la primera muerte premeditada, diseñada por la dirección de la organización vasca que sería detenida un año después y juzgada en el mítico Proceso de Burgos de finales de 1970. ETA siempre apuntó que la muerte de Manzanas no había sido en venganza a la de Txabi, y que el operativo ya estaba en marcha anteriormente.

Fue en aquel magma en el que apareció por vez primera una generación de jóvenes que no había conocido la guerra, al margen de otra que asumía desde el exilio la derrota, frente a quienes aún hacían de su victoria militar en 1937 su seña cotidiana de identidad. Y aunque parezca un recurso forzado, lo cierto es que Txabi Etxebarrieta perteneció a esa segunda generación de militantes que se incorporaron a la organización, diez años después de que unos jóvenes estudiantes dieran con la palabra que marcaría el devenir de Euskal Herria en las décadas posteriores. ETA, Euskadi eta Askatasuna.

La sombra de Txabi Etxebarrieta, su legado y el contexto en el que se produjo la eclosión de un nuevo movimiento político en Euskal Herria, la izquierda abertzale, ha estado presente entre las diversas generaciones que hicieron de su compromiso por la liberación su seña de identidad. Txabi, como tantos otros a lo largo de la historia, ha sido uno de los iconos singulares en un escenario de compromiso colectivo.

Esa misma sombra que paradójicamente alumbró a la izquierda abertzale, se vio completada por su hermano José Antonio, también referencia en ETA y también fallecido prematuramente, en 1973, a consecuencia de una enfermedad degenerativa. Ambos, Txabi y José Antonio, serían piezas indispensables en ese corpus teórico que ETA diseñó en otro de los acontecimientos que marcarían su futuro, la V Asamblea, donde la organización saldría definida a través de dos objetivos irrenunciables, dos caras de una misma moneda, como entonces repetían los militantes: independencia y socialismo.

No solo eso, sino que en aquel marco teórico, ETA se definió como un Movimiento Socialista Vasco de Liberación Nacional (MSVLN), el mismo que con el tiempo, ha sido conocido con las siglas MLNV (Movimiento de Liberación Nacional Vasco) pero de una manera más amplia. Herri Batasuna lo precisó en 1988: «De una forma genérica y global, podría definirse al MLNV como la o las formas de expresión, la corriente social y política de amplios sectores del Pueblo Trabajador Vasco que persiguen, como objetivo final, la consecución de la Soberanía Nacional Plena para el conjunto de Euskal Herria».

Si nada de aquello hubiera sucedido, hoy Txabi tendría 73 años. La esperanza de vida en nuestra tierra ronda los 80 años. Aún hubiera tenido tiempo para asistir a ese cambio que comenzó a desbrozar. En cinco décadas, el país, nuestro país, ha recuperado su pulso, ha logrado equilibrar políticamente sus siete territorios históricos, ha logrado tejer redes, impensables hace medio siglo, de solidaridad y de comunidad. Ha recuperado a sus muertos de esa guerra que Txabi aún tenía cercana.

Su hermano José Antonio dedicó a Txabi, a su muerte, unas letras cuyo eco resonó en otros militantes. La cita es larga, pero condensa un sentimiento familiar, nada ajeno: «Habrá quien se rasgue las vestiduras y otros, ralos de espíritu y generosidad a quienes les parezca ver una contradicción en que llamemos ‘gran hombre’ y, lo que es más, ‘humanista’ al joven acusado por el Poder Ocupante Español de haber dado muerte fríamente a un guardia civil, al acusado de ser uno de los dirigentes principales de una organización ‘terrorista, fanática y racista’. Puede parecer ciertamente incomprensible que un hombre de 23 años, licenciado en Ciencias Económicas con calificación de Notable (nota que desde la creación de la Facultad de Bilbao, no se había dado a más de cuatro estudiantes), abandone una familia por la que sentía tremendo afecto, un brillante porvenir material, cientos de proyectos (de estudio, de escritos, de vivencias) para entregarse plenamente a una causa en favor de una libertad que él era el primero en barruntar que no iba a ver triunfar todavía».