12/06/2018

La insurgencia de un loco en un lugar de La Mancha
Koldo LANDALUZE
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Supongo que haber logrado sacar adelante un proyecto tan personal como “El hombre que mató a Don Quijote” habrá supuesto un alivio de considerables proporciones para un Terry Gilliam, que dada su personalidad extrema, habrá visto acrecentado su nivel de locura y autoestima creativa. Algo inevitable en un creador que parece sentirse muy cómodo al borde del precipicio y a contracorriente. A modo de prólogo de este filme, conviene visionar el documental “Lost in La Mancha”, un cuaderno de rodaje filmado por Keith Fulton y Louis Pepe en el 2002 y a través del cual asistíamos al accidentado proceso de rodaje que supuso para Terry Gilliam esta odisea fílmica ya culminada. Fiero y agotado tras semejante esfuerzo, Gilliam simboliza a la perfección al propio Alonso Quijano y se revela como un creador que se siente más cómodo cuando la fantasía se adueña de todo el proceso fílmico. Para él nunca hay términos medios porque su hábitat natural son los extremos y buen ejemplo de ello es un discurso que se revela tan personal como exclusivo. Siguiendo la estela de realizadores tan personales como Fellini, la fantasía barroca de Gilliam encuentra su acomodo perfecto en el imaginario cervantino y lejos de querer ser fiel al texto original –lo cual hubiera sido muy decepcionante–, Gilliam va más allá y explora cada uno de los detalles que otorgan verdadero sentido al viaje iniciático compartido por Don Quijote y Sancho Panza mediante un discurso que a ratos sigue la estela legada por Orson Welles y en otras ocasiones actualiza las crónicas del texto original.

En relación a todo ello, las excelentes interpretaciones que realizan Jonathan Pryce y Adam Driver resumen la propia esencia de un filme disparatado, arrollador y que se desarrolla en un universo en el que ficción y realidad pasan a ser uno tras el Big Bang fílmico propuesto por un Gilliam coherente consigo mismo.