La muerte de la burguesía es más bien una larga agonía

Quienes rendían culto a Michael Haneke por sus películas más provocativas y crispadas, con “El vídeo de Benny” (1992), “Funny Games” (1997) o “La pianista” (2001) a la cabeza, se sienten decepcionados con la etapa reciente del cineasta austriaco, en la que muestra sus ideas filosóficas de siempre con mayor serenidad y sin tanta urgencia. Se olvidan de que el hombre va ya para octogenario, dentro de un estado anímico y emocinal muy madurado que refleja a la perfección su insistente colaboración terminal con el anciano actor Jean-Louis Trintignant, quien a sus 87 años está ya retirado de la actuación y solo vuelve para trabajar con Haneke, que es su director preferido.
Trintignant hace esta vez del gran patriarca del clan Laurent, al frente de cuyas empresas familiares se encuentra la hija, interpretada por su actriz fetiche Isabelle Huppert. A su vez Anne, que así se llama, es madre del joven Pierre, un heredero con pies de barro encarnado por Franz Rogowski. También está el hijo que interpreta Mathieu Kassovitz, y que le ha dado a los Laurent una pequeña nieta con el rostro angelical de la actriz infantil Fantine Haurdin, además de Toby Jones como interesado prometido.
Todos se reúnen en la gran mansión familiar de Calais, ajenos a la llegada de refugiados y a los accidentes laborales que se cobran vidas anónimas.

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