Aventuras fantásticas en el México insurgente

Las incoherencias de la distribución se disparan cuando se estrena un título al azar perteneciente a una serie que no es conocida fuera de su país de origen. “La leyenda del Chupacabras” (2016) pertenece a la franquicia animada mexicana de “Las leyendas”, y es la cuarta de cinco entregas que sigue a las anteriores “La leyenda de la Nahuala” (2007), “La leyenda de la Llorona” (2011) y “La leyenda de las Momias de Guanajuato” (2015). La última presentada en el país azteca es “La leyenda del Charro Negro” (2017), habiendo sido recibida como la mejor de todas, al sustituir el humor un tanto infantil para público familiar por un aire más terrorífico y oscuro. De cualquier manera las cinco han funcionado bien a nivel local, dentro de unos márgenes de producción muy modestos que rondan el millón y medio de dólares.
De cara a la exportación ya es otro cantar, puesto que estamos ante una obra serial basada en los mitos tradicionales y la historia de México, cuya idiosincrasia cultural se extiende al lenguaje coloquial. Para los no iniciados conviene saber que el protagonista es el pequeño Leo San Juan, cuyas aventuras fantásticas comienzan en su natal Puebla de los Ángeles el año de 1807, y es su hermano mayor Nando el que le cuenta esas viejas historias de miedo. La acción de “La leyenda del Chupacabras” transcurre poco tiempo después, ya en plena Guerra de Independencia, periodo que nuestro Antxon Eceiza abordó en el cine de acción real con “Mina, viento de libertad” (1976), y que en su combinación con lo fantástico remite al universo del maestro Guillermo Del Toro.
El ejército realista hace prisioneros insurgentes y los encierra en las ruinas de un convento, donde aparece el monstruo alado del título, sin hacer distinciones entre ambos bandos a la hora de devorarlos. Leo, que también se encuentra preso, conectará con el Chupacabras y le ayudará a superar su soledad y a recuperar a su familia.

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