Venecia-Roma, en 14 horas y 65 milímetros

Dice el famoso buscador que de Venecia a Roma va apenas una hora de trayecto en avión. Casi nada. Proximidad geográfica que los míticos estudios de Cinecittà, en permanente celebración de una herencia histórica de valor literalmente incalculable, nos recuerdan al inicio de algunas proyecciones de la Mostra. Esto es, por si había dudas, la gran fiesta del cine.
Y por si todavía quedaban escépticos, Alberto Barbera sacó músculo con tres nuevas candidatas al León de Oro, máximo honor veneciano que se puso carísimo a las primeras de cambio. Tres de tres en la segunda jornada de la 75ª Mostra. Éxito brutal, atronador.
Empezó todo con Alfonso Cuarón. Volvió el hijo predilecto de la ciudad de los canales, después de haberse encumbrado aquí mismo con “Hijos de los hombres” y, sobre todo, con “Gravity”. Encendió la pantalla y nos dijo que entre Venecia y “ROMA” (que así se titula su nuevo trabajo) en realidad van 14 horas de vuelo. Y sí, la verdad. Después de tocar las estrellas, el genio nos llevó a su Ciudad de México natal para narrarnos el drama íntimo de una familia de clase media (y de su sirvienta) a principios de la década de los años 70 del siglo pasado.
En blanco y negro precioso y haciendo gala de unas dotes impresionantes para la observación (empañadas, eso sí, por algunos gestos excesivamente intervencionistas). Cuarón cambió la escala. Pasó de lo máximo a lo mínimo. Consolidándose, eso sí, en un cine tan colosal como el formato de filmación elegido: 65 milímetros sencillamente gloriosos. En ellos cupieron el amor y el desamor; la vida y la muerte. Tal cual. Y de propina, el firme convencimiento de que los lazos de sangre no son las únicas acotaciones posibles del terreno familiar. Al más puro estilo de Hirokazu Kore-Eda, y como con él, muy poco faltó para llegar a la obra maestra.
Esas mismas cotas rozó Yorgos Lanthimos con “La favorita”, tragicomedia histórica manchada de rojo sangre y negro humorístico. El juego consistía en poner a Rachel Weisz, Emma Stone y Olivia Colman (a cada cual más fantástica) en el mismo tablero. Objetivo: llenar el vacío de poder dejado por una reina a todas luces discapacitada.
Entre esta y sus dos amigas del alma, Lanthimos dibujó un triángulo de vértices afilados. Una delicia envenenada. Una figura geométrica prácticamente perfecta, y deformada a gusto y conveniencia de las habituales luchas de control que tanto gustan al cineasta griego, un artista precisamente en pleno control de sus –retorcidas– facultades.
Al final, quedó el tiempo justo para “The Mountain”, y fue una injusticia, porque mucha más atención merecía, sin duda, lo nuevo de Rick Alverson. Este autor americano, al margen de cualquier moda que nos venga en mente, nos embarcó en un viaje de ida sin vuelta posible. En una pesadilla existencial ejecutada como si de una lobotomía se tratara, y en la que Tye Sheridan y Jeff Goldblum lograron anular las barreras que rigen la condición humana. Mujeres y hombres; padres e hijos... Todo parecía lo mismo. Nada tenía sentido. Tremendo. Tres de tres en Venecia. Increíble pero cierto.

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