16/09/2018

Raimundo Fitero
Selectivas

Según el gobierno de Sánchez, las bombas que han vendido a Arabia Saudita «son de alta precisión y no se equivocarán matando a los yemenís». ¿Cómo lo saben la ministra portavoz y el ministro Borrell? Porque se lo han jurado por Pocoyo los vendedores de las bombas y con un argumento indiscutible: «van guiadas por láser». En vez de decir que se la tienen que tragar, que la ministra de Defensa es un problema en sí misma, que estaban pagadas las bombas, que el suegro de Urdangarin les llamó y les dijo que ojito, ojito, van y hacen el ridículo de manera esforzada, contando esa bobada. Las bombas matan. Se fabrican para matar. La selección de los objetivos la hacen quienes las lanzan. Y ahí está el debate. Lo de las fragatas y el dilema del paro en la bahía de Cádiz, es un mal endémico.  Entre los ruidos universitarios ha aparecido un estruendo de investigación sobre el cáncer. Un famoso oncólogo, José Baselga, trabajando en uno de los hospitales más prestigiosos de Nueva York en la materia, donde van los pudientes de la tierra a curarse, dirigiendo varios programas muy avanzados, ha sido descubierto cometiendo uno de esos asuntos que se dan como naturales, habituales, y que son consentidos o tolerados lo mismo que los expedientes curriculares falseados de los políticos. No declaró que recibía cantidades millonarias de dinero de las farmacéuticas. Ha dimitido del Memorial Sloan Kettering Cancer Center. Sigue vinculado a algún hospital público catalán. El poder de las farmacéuticas es tan grande como el de los fabricantes de armas. Seguro que muchos de los accionistas coinciden. Son selectivas, invierten en los medicamentos de más consumo y en las armas que más efectos colaterales solucionables con medicamentos produzcan. La muerte solo es rentable para las funerarias y las floristerías especializadas.