11/10/2018

El astronauta que sirvió de imagen y referente heroico a la carrera espacial en los años 60
Mikel INSAUSTI
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He de confesar que cuando me enteré de que Damien Chazelle iba a hacer un biopic sobre Neil Armstrong me llevé una gran decepción, porque estaba convencido de que iba a ser el nuevo Bob Fosse en su consagración al cine musical, tan necesitado de reivindicadores en estos tiempos. No digo que no pueda cambiar de género, pero lo hace demasiado pronto, y seguramante condicionado por la presión del Óscar dentro de la industria de Hollywood. Por otra parte no le pega el tema que ha escogido, casi como buscando un giro radical de 360 grados. Y la inmediata consencuencia es que “First Man” no tiene ni el ritmo ni la tensión narrativa de sus anteriores realizaciones, al faltarle una banda sonora en la que apoyar el montaje.

Ni siquiera ha dejado que haya mucho en lo que fijarse en cuanto continuidad autoral, salvo por cuestiones superficiales o meras coincidencias. De “La La Land” (2016) toma a su actor principal Ryan Gosling, y de “Whiplash” (2014) la idea del sacrificio personal en aras de un método de entrenamiento para conseguir mejorar profesionalmente. Pero la disciplina de una batería de jazz, por muy constante que sea, siempre deja un espacio a la improvisación. En cambio, la entrega de un astronauta a su misión tiene un sesgo más militar, por lo que ahí se entra en la épica, el patriotismo y el valor a la hora de jugarse la vida. No hay comparación posible entre un artista civil y un uniformado.

Además el sacrificio aparece aquí como una vía para buscar la trascendencia, y el retrato de Neil Armstrong es el de un hombre torturado por la pérdida de su hija pequeña, que parece querer purgar ese dolor a través de un viaje espacial que le convierte en pionero.

Por esa vertiente existencialista se acerca más al cine de Terrence Malick, con primeros planos que buscan la dimensión intimista de una epopeya seguida por todo el planeta Tierra. Esas distancias cortas y el grano del celuloide permiten que el espectador viva la experiencia, como se dice ahora, de sentirse dentro un habitáculo reducido siendo lanzado al exterior por un cohete de propulsión. El espacio dentro de la cápsula de lanzamiento es mínimo y la calustrofobia se suma a la presión en el interior de una especie de cafetera en la que las juntas vibran y los tornillos parecen saltar antes de convertirse en chatarra o basura espacial. Por el lado de las bajas y víctimas del programa de la NASA la película se asemeja más al trabajo glorificador de Ron Howard en “Apolo XIII” (1995), desde la perspectiva de que estos hombres hicieron historia en los años 60.