07/11/2018

Los territorios de la fantasía, según dicta el gobierno Disney
Koldo LANDALUZE
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Disney parece decidida a envolver los paisajes de la fantasía en un celofán de tonos pastel. Desde que Tim Burton reconvirtió la sinuosa, enloquecida, surrealista e inquietante y, por ello sumamente atractiva, escenografía de “Alicia en el país de las maravillas” en un chirriante y costoso juguete de dudoso contenido imaginativo, los de Burbank han querido exprimir al máximo este estilo que en esta nueva superproducción alcanza cotas de delirio y no precisamente en el mejor de los sentidos.

Desde su puesta en marcha, esta muy discreta adaptación del clásico de E.T.A. Hoffman “El casanueces y el rey de los ratones” que tuvo su respaldo en la inolvidable composición musical de Chaikovski, pasa muy por encima o simplemente se olvida de incluir toques que otorguen al conjunto ese punto de inquietud que siempre resulta tan atractivo para el espectador infantil y se diluye debido sobre todo a lo errático de una trama que primero pasó por manos del cineasta Joe Johnston y después por las de Lasse Hallström. Disney tampoco ha acertado en su intento por lanzar un guiño a su filme maldito, “Fantasía”, y no solo desde el arranque en el que topamos con el director de orquesta Gustavo Dudamel envuelto en sombras y alzando la batuta para dar comienzo a un festival de colores chirriantes y criaturas imposibles en el que destaca sobre todo la saludable opción de Keira Knightley dando rienda libre a un estilo histriónico que al menos consigue dibujar sonrisas entre la concurrencia. De corte folletinesco, la aventura iniciática que protagoniza la joven protagonista –bien interpretada por una efectiva Mackenzie Foy– transcurre en un universo virtual excesivamente mecánico y que delega buena parte de su interés en los efectos digitales.