10/11/2018

Raimundo Fitero
Sospechosos

Cuando se extiende la sospecha como método preventivo de aceptar que la realidad puede ser una variable irreconocible de las mentiras a las que de manera tosca nos intentan acostumbrar, entramos en una fase deconstructiva de la propia existencia como sujetos. Cuestionamos la validez del entrenador del equipo de fútbol de nuestra preferencia si los resultados no concuerdan con nuestras ilusiones, gritamos en la taberna sobre un asunto judicial y despotricamos sobre las policías con el convencimiento de que los únicos que se ganan el sueldo bien, somos nosotros, los bomberos y algún primo que es médico. Sobre el resto vertimos toneladas de sospechas. Somos seres que sospechamos y a la vez nos convertimos en sospechosos.

Todos sospechosos menos un ultra franquista con dieciséis armas largas que confiesa va a atentar contra el presidente de gobierno y que es tratado como si fuera un buen amigo de Villarejo y no un presunto asesino con metodología de terrorista solitario. O no, que no se va a investigar. Ni hablar. Un incidente. Un expediente, aquí no ha pasado nada. De los ultras franquistas no se sospecha. Si hacen algo y matan a un presidente, lo habrá hecho por la unidad de España. 

Pero si la sospecha llega de manera flagrante a OT o a GHVIP, el asunto entra en magnitudes descomunales de descrédito de las masas, influencia en el PIB y tapa lo del Tribunal Supremo o al tufo de las apuestas deportivas. En esas andamos. En OT se vio una escaleta de un jurado mientras la gala donde se daba el resultado de la misma. En lo de la jaula de los grillos, todo huele a timo. De tal manera que Jorge Javier se puso histérico defendiendo la honradez del programa, lo que viene a confirmarlo. Todo está pactado en la firma del contrato de participación, ante los representantes de los artistas y el cinismo contable.