31/12/2018

Isidro ESNAOLA
El capitalismo de las plataformas marcará el paso a la economía

La economía de los datos de los grandes gigantes tecnológicos está configurando un nuevo tipo de relaciones económicas en todo el mundo. En la acumulación de información se siguen invirtiendo ingentes cantidades de capital que continúan detrayendo recursos de otras inversiones productivas y socavando el estado de bienestar.

Los datos se han convertido ya en la principal materia prima de la economía moderna

E n una conferencia pronunciada a principios de diciembre en la Biblioteca del Congreso de Estados Unidos, la directora del FMI, Christine Lagarde, aseguró que «el 90% de los datos mundiales han sido generados en apenas un poco más de los últimos dos años». La cantidad impresiona. Parece imposible que sea cierta. Sin embargo, si consideramos que cada persona está conectada a un dispositivo que no para de enviar y recibir datos, es factible que las plataformas de servicios informáticos hayan recopilado ya tantos de cada uno de nosotros como para escribir no una novela con la extensión de “El Quijote”, sino varias. Desde esta perspectiva, la cifra parece mucho más verosímil.

El informe “The digitalitation of the world” de International Data Corporation (IDC) estima que en la actualidad hay 33 zettabytes (ZB) de datos almacenados (un 33 seguido de 21 ceros) y que para 2025 serán del orden de 175 ZB. IDC calcula que, si hoy en día 5.000 millones de personas están de una u otra manera conectadas y generando datos, para 2025 serán 6.000 millones, con lo que se alcanzará al 75% de la población mundial. Entonces, según el informe, cada persona tendrá una interacción que genere datos cada 18 segundos y muchas de ellas serán por los miles de millones de dispositivos que estarán conectados en lo que se ha bautizado como el internet de las cosas (IoT).

La acumulación de datos crece sin cesar, hasta el punto de que está modificando el funcionamiento de la economía y empujando transformaciones sociales de cuyo alcance, en este momento, solo podemos hacer conjeturas. Los datos se han convertido ya en la principal materia prima de la economía moderna. La extracción de datos, su almacenamiento, análisis y transformación en nuevos datos son la base de la mayor parte de la actividad económica. Algunos investigadores denominan capitalismo de las plataformas a esta nueva economía. Consideran que las empresas que lideran y están transformando el capitalismo actual son las plataformas digitales que permiten interactuar a diferentes aplicaciones y servicios. De esta forma relacionan multitud de datos diferentes entre sí. Cada nueva relación hace que el valor de la información aumente de manera exponencial. A fin de cuentas, no es lo mismo saber qué ha comprado una persona, que saber que lo ha comprado tras haber escuchado ciertas canciones, haber intercambiado mensajes con determinadas personas y haber realizado media docena de búsquedas en internet. Acumular y relacionar esa información convierte a las plataformas digitales en piezas básicas de todo el proceso productivo.

Los datos, además de ser la principal materia prima de la economía moderna, se están convirtiendo también en el activo más importante en el balance de algunas empresas. Buen reflejo de ello es la dinámica de las cotizaciones bursátiles que, a pesar de que cambian constantemente, dibujan una tendencia clara: la mayor compañía por su valor en bolsa sigue siendo Apple y a continuación le siguen Alphabet (Google), Microsoft, Amazon y Facebook. Las cinco mayores empresas atendiendo a su precio en el mercado son plataformas tecnológicas. Sin embargo, ninguna de ellas está entre las compañías más grandes del mundo ni por ventas ni por beneficios. El ranking de ventas lo encabeza la estadounidense Wal-Mart, seguida de las compañías chinas de electricidad –State Grid– y de petróleo –Sinopec y China National Petroleum Corporation (CNPC)–. En quinta posición está la japonesa Toyota. Todas ellas con varios cientos de miles de millones de dólares en ventas, millones de empleados y también millones de dólares de beneficios, pero con una valoración en bolsa bastante alejada de las tecnológicas.

No es muy congruente que las empresas que más valen no se distingan por repartir grandes dividendos ni por tener grandes ventas, a no ser que estén siendo valoradas por lo que puedan proporcionar en el futuro. Ese elevado precio es indicativo de que bancos y grandes fondos de inversión destinan inmensas cantidades de capital a hacerse con sus acciones. Y teniendo en cuenta lo poco que ingresan por los servicios que prestan y lo limitado de sus ingresos por publicidad, el meollo está en las enormes bases de datos que atesoran. Esa información resulta fundamental para el desarrollo de la inteligencia artificial, pero también es clave para avanzar en otro aspecto del que se habla menos pero que está adquiriendo un dimensión cada vez más amenazadora: el control social.

En este contexto, la extracción de datos sigue y seguirá siendo su principal actividad. Para ello resultan muy funcionales las actuales políticas de austeridad. La precariedad de una parte creciente de la sociedad permite a estas plataformas ofrecer servicios que formalmente son gratuitos, aunque en realidad la contrapartida es quedarse con los datos que generan las personas que los usan. De esa forma, las plataformas digitales expanden su capacidad de acumular datos a cuenta de unos ingresos cada vez más reducidos por la precariedad laboral y los recortes en los servicios y prestaciones sociales. El desmantelamiento del estado de bienestar está dando alas a este capitalismo de las plataformas.

Paralelamente, ese empobrecimiento general ha abierto la puerta a la proliferación de novedosas formas de completar los cada vez más exiguos ingresos; nuevas en el nombre, no tanto en el contenido. Términos como economía del trabajo temporal (o gig economy), economía compartida (sharing economy) o economía bajo demanda (on-demand economy) se promocionan como posibilidades de lograr unos ingresos extra realizando determinadas tareas durante el tiempo libre, sin ataduras ni horarios. Muchas de las actividades que se realizan bajo esas denominaciones, además de permitir la extracción de nuevos y diferentes datos, esconden en realidad unas relaciones laborales sin ningún tipo de control: trabajadores sin vacaciones, sin horario, sin seguro.

Estas nuevas economías de las plataformas digitales están aportando su granito de arena a un desmantelamiento todavía más profundo del estado de bienestar, dejando sin efecto regulaciones sociales y laborales fruto de largas luchas obreras.

La influencia de grandes plataformas digitales sobre las políticas públicas tiene un importante componente fiscal. Por un lado, la tardía e imperfecta regulación fiscal de las transacciones y los servicios digitales les ha permitido desviar los ingresos de sus actividades hacia paraísos fiscales durante muchos años. De este modo han evitado que las haciendas públicas de todo el mundo cobraran importantes cantidades de impuestos no solo por los beneficios, sino también por las transacciones electrónicas.

Si la crisis y la consiguiente caída de los ingresos fiscales ha sido una de las excusas más repetidas para aplicar recortes sociales, una parte importante de la pérdida de recaudación se debe a la actividad de estas empresas que, sin embargo, sí se han beneficiado del empobrecimiento general al ofrecer servicios y aplicaciones gratuitos a las personas empobrecidas.

Por otra parte, las actuales políticas monetarias de expansión cuantitativa, que consisten básicamente en ofrecer crédito ilimitado y barato, han proporcionado el marco adecuado para que todos esos ingresos se quedaran en los paraísos fiscales. Con unos intereses cercanos a cero, a estas grandes plataformas les ha salido a cuenta mantener todo el dinero acumulado en las jurisdicciones offshore en forma de reservas, al tiempo que se financiaban con crédito allí donde realizan su actividad principal. La SEC estadounidense calculó que a finales del año 2016 había 1,9 billones de dólares en efectivo fuera de Estados Unidos, de los que aproximadamente una tercera parte correspondía a las grandes plataformas tecnológicas. Inmensas cantidades de capital fuera de circulación que no se invierten en la economía productiva y, por tanto, no generan ni actividad ni ingresos.

Este modelo de desarrollo económico también está empezando a transformarse. La política monetaria está cambiando y con la subida de tipos las grandes tecnológicas han iniciado la repatriación de sus fondos, especialmente hacia Estados Unidos. Un movimiento que no significa necesariamente que vaya a aumentar la inversión productiva y con ella el empleo, especialmente ahora que crece la tensión militar y la carrera de armamento se acelera en todo el mundo. El gasto militar es en términos económicos de los más improductivos; además de que no sirve para nada, crea muy poco empleo y dispara el déficit del Estado, preludio de nuevos recortes del estado de bienestar.

Las tensiones comerciales con el aumento de aranceles y las sanciones cruzadas esconden una lucha despiadada por el control de aspectos tecnológicos clave; en cualquier caso, dejarán su huella en todos los sectores económicos con una, más que probable, caída del comercio mundial y una reorientación de la producción de bienes y servicios hacia el mercado interno.

Otros cambios en ciernes, como el impacto de la inteligencia artificial o las restricciones medioambientales van a modificar profundamente el tejido económico. Los motores eléctricos de los automóviles, por ejemplo, tienen seis veces menos piezas que los motores de combustión. Si consideramos que el 25% del PIB de la CAV está relacionado con el sector del automóvil, el paso a producir coches eléctricos tendrá en la economía vasca un impacto considerable.

En el horizonte económico se adivinan cambios cuyo impacto es bastante difícil de predecir. No obstante, la estructura económica actual más avanzada es ese capitalismo de las plataformas que está transformando profundamente todas las relaciones de producción y está debilitando todavía más el menguante estado de bienestar. Lo que sí han dejado claro es que nos necesitan pobres y dependientes para seguir perfeccionando la máquina de extracción y transformación de datos.