Koldo LANDALUZE
CRÍTICA «Viaje a Nara»

Paisajes, contemplación y metafísica

Dotada de una sensibilidad extrema, la cineasta Naomi Kawase prolonga en “Viaje a Nara” la ruta sensitiva que ya desarrolló en piezas como “El bosque de luto” lo que se traduce en una nueva muestra de cine cargado de pulsaciones íntimas pero que a ojos del espectador, se revela como una pieza más dentro de un puzzle que parece haber sido completado. Poco o nada novedoso encontramos dentro de un relato íntimo en el que impera lo visual y en el que la palabra subraya el concepto de comunicación-incomunicación que planea sobre un drama existencial en el que Kawase vuelve a demostrar su pericia a la hora de retratar la naturaleza. Podría decirse que la visión que la cineasta japonesa obtiene de los paisajes naturales es diametralmente opuesta la de Werner Herzog el cual siempre tiende a mostrar la naturaleza como algo siempre a temer. A ello habría que añadir ese toque hipnótico que dota al conjunto de una rara sensación onírica que, en esta ocasión, queda subrayada por el magnetismo que Juliette Binoche siempre aporta con su presencia. A la excelente actriz le corresponde meterse en la piel de una botánica que pretende dar con el paradero de una misteriosa planta medicinal que brota en muy raras ocasiones.

Tampoco es gratuito que la película transcurra en Nara, epicentro espiritual de Japón engalanado con múltiples templos que refuerzan la concepción filosófica y espiritual que la protagonista abandera en la relación que comparte con el personaje interpretado por Masatoshi Nagase. Lamentablemente, el pulso que Kawase mantiene con sus propias intenciones metafísicas acaban por lastrar un proyecto excesivamente dependiente de lo simbólico y transforman el conjunto en una pieza new age tendente al artificio.