15/08/2019

Vidas paralelas y encuentros accidentados
Koldo LANDALUZE
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Siguiendo la estela de películas como “Olvídate de mí” (2004), “Lluvia en los zapatos” y “Dos vidas en un instante” –ambas del año 98, la cuarta película en formato largo de Hugo Gélin se revela como un abracadabrante filme que coquetea con la comedia romántica y subvierte su estructura a través de elementos fantásticos. A este listado también podríamos sumar una olvidada comedia estadounidense del año 2015 y que también fue titulado “Amor a segunda vista”, en la que la nieve jugaba un factor determinante en una relación tan fugaz como electrizante.

De esta manera, y alterada convenientemente la rotación de las manecillas del reloj, lo que plantea esta “Amor a segunda vista” son las vidas bifurcadas de una pareja que, por caprichos de una circunstancia improbable, viven en un mundo paralelo en el que no se conocen. Si en una de ellas él es un escritor de gran prestigio, en la otra no lo es y su compañera, por el contrario, es una celebridad como concertista de piano. Él tiene constancia de que se ha producido este cambio tan significativo en sus vidas y ello motivará que se emplee a fondo para lograr que estos dos mundos paralelos sean coincidentes.

Gélin se esmera en dotar al conjunto de un toque de estilo clásico y se ampara en conceptos escénicos como los que asomaron en, por ejemplo,  la magistral “La costilla de Adán” (1949), lo cual no siempre resulta muy efectivo debido a un discurso que a ratos suena trasnochado y tan fantástico como el envoltorio por el que transcurre la historia. Las interpretaciones de François Civil y Joséphine Japy resultan muy atractivas y transmiten esa química necesaria para llevar a buen puerto este afable filme que, como en toda comedia romántica que se precie de serlo, incluye un tercer personaje que se encarga de poner cierto orden en semejante desconcierto. Dicho personaje está encarnado por un excelente Benjamin Lavernhe.