21/10/2019

Beñat ZALDUA
Periodista
¿Alguien con una brújula?

Más allá de la energía desbordante desatada tras la sentencia, es difícil vislumbrar una estrategia. Aceptarlo, analizar el factor generacional y una reflexión honesta sobre la violencia pueden ayudar.

Hay que saber si se está preparado para asumir lo que un escenario de enfrentamiento directo y continuo con la Policía implica en términos represivos, y si es este escenario el que ayuda a ser más, a acumular fuerzas, que es la única dirección que indica la maltrecha brújula

Aquí estamos, con sentencia y sin brújula. Los primeros, los periodistas; no creo que ni uno solo de los que haya trabajado estos días en Barcelona pensase que la respuesta a la sentencia del Tribunal Supremo fuese a adquirir esta dimensión. Estas líneas no son más que un intento para buscar un camino por el que transitar estos días, en los que a las habituales movilizaciones masivas del independentismo –han sido espectaculares– se han sumado acciones masivas no violentas como la del aeropuerto y, por primera vez, choques importantes con la Policía.

Faltan brújulas en Catalunya; polos magnéticos capaces de marcar una dirección más allá de protestas e incidentes concretos. Y faltan también en Madrid, en especial en todo lo que se considere a sí mismo izquierda. La única brújula que parece funcionar ahora mismo es la del Estado profundo, al que solo le queda cerrar el ciclo con alguna fórmula parecida a la de la gran coalición tras un 10N que lo vicia todo y que podría llegar a desencadenar medidas excepcionales contra Catalunya próximamente. Las brújulas marcan una dirección, pero el que la sigue puede pasarse de frenada.

La ausencia de una brújula, y la actuación singular de algunos dirigentes-candidatos independentistas –que no se extrañen luego de que les piten en las concentraciones–, ha hecho que el marco sea ya, en parte, el de la violencia, el de estás con los violentos o con los demócratas. Evidentemente, nos suena; pero insistiría en un detalle objetivo: aquí no hay violencia armada, más allá de la empleada por la Policía. Sin embargo, Madrid pregunta y en Catalunya instituciones y partidos mayoritarios contestan: somos demócratas, condenamos la violencia. Torra comprobó el sábado de qué sirve: Sánchez no le cogió el teléfono y le pidió que sea más explícito en la condena.

Por el camino, se ha metido en el saco de los violentos a los miles de jóvenes que estas noches han salido a la calle en Barcelona y otras ciudades catalanas, mientras se han cerrado filas con unos Mossos que están actuando codo con codo con la Policía española, dejando un saldo de heridos y actuaciones desmedidas más que considerable –cuatro ojos en cinco días–. Puede que haya infiltrados, tiene toda la lógica, pero también hay una nueva generación que descubre la calle. Se está hablando muy poco del factor generacional.

El Govern quiere defender las movilizaciones y quiere defender a los Mossos, pero el equilibrio se ha vuelto imposible estos días. Es difícil pensar que la contradicción se pueda sostener durante mucho tiempo, los síntomas de agotamiento en el Govern –por decirlo con cariño– son abrumadores. Están desbordados por la energía que ha venido conteniéndose durante los últimos dos años y que se ha desatado con la sentencia. Y la ausencia de liderazgos es estremecedora, aunque comprensible: la mayoría está en la cárcel o en el exilio.

Torra ha intentado salir al paso con el anuncio de un nuevo ejercicio de autodeterminación antes de 2021. El anuncio no lo conocían ni sus consellers ni sus diputados, y quedó matizado después en que se podría materializar en unas nuevas elecciones. Más aún, referencias a la «derrota del Estado el 1-O» o a «validar la independencia» suenan a disco rayado con la sentencia encima de la mesa. Es difícil ver nada parecido a una estrategia.

De fondo, una relación con la violencia que tampoco tiene una brújula bien direccionada. Una cosa es hacer una apuesta política, consciente y consecuente por la no violencia –chapeau, es probablemente el terreno en el que más tiene por ganar el independentismo, pues es el terreno que más desconoce el Estado–, pero otra cosa es insistir una y otra vez en que la violencia no sirve para nada. Miren, yo por ahí no paso. Sin salir de Barcelona, la jornada de 8 horas se logró con una huelga de la Canadenca que puso patas arriba la ciudad. Más cerca, en 2014, el Centro Social Ocupado Can Vies se recuperó tras una semana de disturbios en el barrio de Sants; sigue abierto. Más relacionado, el Estado logró que el 1-O no fuese un referéndum homologable a golpe de porrazos.

La violencia es un elemento estructural en nuestras vidas, en multitud de facetas, y acostumbra a servir para proteger el orden establecido. Ya vale de obviarlo. En un contexto en el que no se atenta contra la vida de las personas –dicho fácil, no hay muertos–, el acercamiento a lo sucedido estos días no puede ser si quemar cuatro contenedores está bien o mal, sino si sirve para algo o no.

Y aquí es donde también se echa de menos una brújula. El estallido de energía de estos días está siendo espectacular, pero no es fácil verle una dirección, como sí la tenía en 2017. Si alguien quiere saber cómo se hace para canalizar la rabia de 40.000 personas, puede preguntárselo a Jordi Cuixart y Jordi Sànchez, que lo hicieron el 20 de setiembre de 2017 y están en la cárcel por ello. Parece que el sábado tomó el relevo la iniciativa En Peu De Pau, que hizo un llamamiento a sumarse de forma pacífica a la concentración convocada y logró, pese a las provocaciones policiales, que esta se desarrollase de forma más tranquila.

Veremos cómo evolucionan las cosas esta semana, pero lo cierto es que resulta muy tentador señalar que, si siendo pacíficos les han condenado a 100 años de cárcel, quizá haya que dejar de poner la otra mejilla. Pero de momento, el número de presos catalanes ya suma 28 personas más –son un total de 44–. Quienes han salido a la calle estas dos últimas noches deben contestarse a sí mismos si están preparados para asumir lo que un escenario de enfrentamiento directo y continuo con la Policía implica en términos represivos, y si es este escenario el que ayuda a ser más, a acumular fuerzas, que es la única dirección que indica la maltrecha brújula. No hay otra. Mientras, para un policía siempre será más fácil reventar un ojo de un pelotazo que buscar una urna o desalojar un aeropuerto ocupado de forma no violenta.