25/03/2020

Reportaje
 
LAS INVISIBLES EN PRIMERA LÍNEA FRENTE AL COVID-19

Mientras los medios españoles ensalzan como a héroes a la UME por realizar desinfecciones, las trabajadoras de las subcontratas de hospitales (apenas hay hombres) entran a diario en habitaciones de infectados sin que, aparentemente, nadie repare en ellas.

Aritz INTXUSTA
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Eba Begiristain limpia por las noches Txagorritxu. El pasado fin de semana entró a desinfectar a fondo dos o tres habitaciones de “éxitus” por coronavirus. Así llaman en el hospital cuando el paciente muere. Son muchos días a destajo desde que empezó esto, por eso no tiene un recuerdo claro de cuántas limpió. En su turno llevan dos buscas para ir a asear lo que surja. «Se supone que tenemos media hora. Pero lo justo nos dio para tomarnos un café sentadas».

Como todas las trabajadoras de este reportaje, Eba trabaja en una subcontrata. ISN, ISS… No hay mucha diferencia. Sueldos que van de la base de mil euros hasta los 1.200 que se pueden alcanzar con antigüedad, haciendo noches y metiendo fines de semana (haciendo las tres cosas a la vez, se entiende). En la cifra ya va incluido el plus de peligrosidad por limpiar un hospital. Lo peor no es el sueldo, coinciden todas las limpiadoras, es lo justas que van de personal y la sobrecarga de trabajo de estos días.

Tras estallar la epidemia, en Txagorritxu se reforzó el turno de noche de dos a tres limpiadoras. Tres personas para un hospital de siete plantas. En cada planta, tres alas. Y en cada ala, 15 ó 17 habitaciones. Todo eso zapatean las del turno de noche al ritmo que les marca el pitido de los buscas. Salvo ese ratito del café con leche cuando se sentaron.

Uno de los dos buscas es el específico de Urgencias. «Si te llaman de ahí, lo mismo no sales en todo el turno». Es por los sospechosos de coronavirus. Hay que limpiar todo el box de arriba abajo tengan el virus o no (determinar si es un positivo tarda demasiado y hay que liberar el box para otra urgencia). Mientras esperan el resultado, los sospechosos se trasladan a otra zona del hospital. Las de la noche de Txagorritxu nunca han tenido tanto trabajo y no llegan a todas las llamadas.

Eba tiene muy claro que, sin un EPI en condiciones, no se mete en una habitación de un infectado. Las limpiadoras no entran en contacto físico con el enfermo, pero tienen que darle la vuelta a toda la habitación. Baño, mesillas, suelo y paredes, colchón, cortinas… Nada puede quedar sin pasar el trapo desechable con desinfectante. Según la empresa, limpian con un producto específico u otro. Otra posibilidad son 4,5 litros de agua por cada medio litro de lejía.

Las limpiadoras son las últimas en el reparto de EPI en Osakidetza, aunque, según Eba, los equipos de protección van por zonas. Hay partes de Txagorritxu donde los equipos que han usado son mejores que los de otras. Las limpiadoras, en concreto, han tenido algún encontronazo con algún sanitario (enfermeras, auxiliares...) por coger equipos de protección de calidad cuando escaseaban. «Son cosas puntuales debido a la tensión», rebaja el asunto la limpiadora. «Cuando se dan cuenta de lo que han dicho, la mayoría lo acaban retirando». Algunas de las compañeras de Eba han contraído Covid-19. Cuando el Gobierno español cita los sanitarios infectados, a ellas no las cuenta. Las limpiadoras de los hospitales no tienen prioridad a la hora de que les realicen pruebas de coronavirus.

Las últimas y las olvidadas

Rosi Hernández se dedica a lo mismo que Eba, pero en el hospital Donostia y para otra subcontrata. «Cuando llega la escasez se nota que las últimas somos las de la limpieza. El protocolo que tienen parece que dice que no necesitamos la misma bata, que vale con una de quirófano, que es casi transparente. No llevamos lo mismo que un sanitario. El ‘pato’ solo nos lo dan para desinfectar una habitación de alguien con coronavirus». Si no están en zona crítica, las mujeres de la limpieza van equipadas con mascarilla de papel y guantes de caña corta.

Antes de la epidemia esta distinción no se notaba tanto, pero ahora sí que hay quien quiere marcar clases. También hay miseria humana en la primera línea contra el virus. «Nos dicen que las de las contratas estamos homologadas con los de Osakidetza, pero es mentira», se queja Rosi. Cuenta que, para ir a los hospitales de Donostia y Gipuzkoa, las de la limpieza solían emplear el mismo autobús que los sanitarios. No era un derecho, sino manga ancha que se tenía con estas trabajadoras. Ahora, como el aforo del autocar se ha limitado para que haya más distancia entre viajeros, las de la limpieza se han quedado en tierra. Tienen que ir a trabajar en taxi o en coche. El aparcamiento del hospital, como gesto al esfuerzo de los sanitarios, es gratis. Pero de las de la limpieza se olvidaron otra vez. Ellas no pueden aparcar ahí.

Del total de personal de limpieza (son unas 80), Rosi calcula que habrá tres o cuatro hombres, pero ellos son limpiacristales, por lo que se les considera «especialistas» y cobran algo más. Rosi denuncia que están ya demasiado pocas y que todo apunta a que el trabajo se va a multiplicar, si llega allí la situación que se vive desde hace un mes en Txagorritxu.

Las más veteranas, a la «zona sucia»

Beatriz Torres trabaja en la Clínica San Miguel, una privada de Nafarroa, y entra en la «zona sucia», que es como llaman a la parte donde estás los pacientes del Covid-19. «Ahí entramos las más veteranas, las que sabemos más de infecciosas». Las EPI van muy justas para todos, afirma Bea. «Sí que se intenta que estemos protegidas», dice.

Esta veterana de 61 años reconoce que todo ha sido «más explosivo, más grande» que lo que se esperaban. Por el momento, han combatido la escasez de material escribiendo su nombre en la mascarilla para así poderla estirar una semana.

«En la zona sucia no puedes ir deprisa», prosigue Bea. En el caso concreto de esta clínica se trata de dos pasillos habilitados a raíz de la epidemia. Entran allí, según el testimonio de la trabajadora, con mejor equipo que sus compañeras de subcontratas de Osakidetza: bata o buzo completo con capucha, gorro, doble guante y mascarilla de rango de protección dos o tres (la que después cuelgan en un gancho con su nombre).

Bea no tiene miedo. O dice que no porque «eso es algo subjetivo». Lleva 25 años limpiando y desinfectando en hospitales. Se ha metido en habitaciones donde había enfermedades contagiosas mucho más graves. «Lo tengo asumido, sé que tengo que cuidarme mucho». Lo que más teme es llevarse el virus a su casa. «Tengo a mis dos hijos allí encerrados y no quiero llevarles esto yo».

Esperanza Mora es empleada de una subcontrata de Osasunbidea. Limpia el hospital Virgen del Camino. En el turno de mañana. Le toca, por tanto, entrar a la UCI. Ella libra la batalla en solitario desde que todo comenzó. Su marido es asmático, su madre tiene 87 años y su hermana una minusvalía. Los ha mandado a todos un huertecito que tienen. Así no contagiará a ninguno. «¡Que dios nos ayude!, soy católica. Sicológicamente será muy duro cuando acabe todo. Están solitos allá. Si mueres, te meten en una bolsa y ya no ves a nadie. Es muy triste».

En la empresa de Esperanza tuvieron suerte. Su empresa compró EPI de Dinamarca antes de que llegara la escasez. Han tenido mejor equipamiento que algunos sanitarios, asegura. Eso sí, culpa a Osasunbidea de que no tengan refuerzo. «El trabajo es mayor, si han de contratar más, que lo hagan. No aguantaremos mucho a este ritmo».

«Siempre hemos sido las últimas para todo, pero creo que esta crisis ha hecho que se le dé la vuelta a la tortilla. Los de dentro valoran mucho más lo que hacemos. Los médicos y las enfermeras saben que, si no limpiamos bien, todo esto se va a pique. El virus es demasiado contagioso», afirma Esperanza.

Preguntada sobre si no se sienten olvidadas cuando se trata de héroes a los demás o cuando no las mencionan los responsables del Gobierno, Esperanza responde con un baño de realidad. «No queremos aplausos ni rosas, sino un buen convenio. Llevamos años peleando. Si caigo enferma, no cobraré el 100% y no me lo puedo permitir».