June EGAÑA
CENTENARIO DEL PARTIDO COMUNISTA DE CHINA

PCCh: del comunismo importado al confucianismo de Estado

En julio de 1921, un puñado de intelectuales y activistas, entre ellos Mao Zedong, fundaban el PCCh. Cien años después, rige los destinos de un subcontinente a punto de recuperar el liderazgo mundial. Un logro histórico hecho posible por la acomodación pragmática –traición o subordinación– del pensamiento marxista leninista ortodoxo a las eternas esencias de un imperio milenario (confucianismo).

Hace un siglo, trece activistas e intelectuales se reunieron en un vetusto edificio de la concesión francesa en Shanghai para fundar el Partido Comunista de China.

El PCCh, que no contaba con más de 53 miembros, reivindicó su origen en el Movimiento del 4 de Mayo de 1919, un hito en las protestas contra el entonces creciente expansionismo imperial nipón en China.

Chen Duxiu, quien sería primer presidente y secretario general del partido, y Li Dazhao lideraban a aquel grupo de intelec- tuales seducidos por el leninismo y la Revolución de Octubre de 1917. Ni uno ni otro pudieron asistir al congreso. Sí el que sería el fundador de la nueva China, Mao Zedong, y Zhou Enlai, primer ministro de la República Popular desde 1949 hasta su muerte en 1976.

El PCCh contó con el aval de la futura Unión Soviética que, para contrarrestar la injerencia internacional en la guerra civil entre rojos y blancos que siguió a la revolución rusa, estaba interesada en abrir un frente en el Lejano Oriente contra Japón.

Tampoco la elección de Shanghai como sede del congreso fundacional del PCCh fue una coincidencia. La hoy megacapital económica del gigante chino ejemplificaba las contradicciones del período de la «gran decadencia» de China. Una época en la que un equivocado cálculo de que su soberbio aislamiento del mundo le permitiría congelar la historia le dejó, por contra, a merced de las grandes potencias, que no hicieron sino repartirse sus despojos.

Shanghai, codiciada y ocupada por británicos, estadounidenses, franceses y –luego– japoneses, fue declarada ciudad «libre al comercio internacional» –lo que no era sino su condena a una violación constante– y fue la ciudad en la que los británicos introdujeron masivamente el opio, lo que dio lugar en el siglo XIX a dos insurrecciones fracasadas (guerras del opio), pero sin las cuales –sin olvidar la Revuelta de los Boxers en Pekín en 1900– no se puede entender el devenir de China en el último siglo.

Pero la ciudad, con su floreciente comercio de seda y de te y con su urbanismo occidental, era a la vez el epicentro de la influencia de las ideas occidentales en China, entre ellas, aunque no solo, el marxismo y el anarquismo.

Estas ideas eran absolutamente extrañas en un país con una tradición cultural propia, labrada en 3.500 años de civilización, la más antigua de la historia.

Philippe Barret, autor de «N´ayez pas peur de la Chine» (Robert Laffont, 2018), recuerda en un dossier del diario “La Vanguardia” que para 1921 solo se había traducido al chino el «Manifiesto Comunista» de Marx y Engels. «Crear un partido comunista en China es (fue) un poco como si en Francia alguien quisiera crear un partido taoísta sobre la base del Libro de Zhuangzi», compara el experto, en referencia al tratado de finales del periodo de los Reinos Combatientes (476- 221 a. C.), considerado uno de los textos fundacionales del taoísmo, tradición filosó- fica y religiosa de origen chino.

Pero lo hicieron, y además en unas condiciones críticas. Al punto de que se vieron obligados a concluir el congreso fundacional del PCCh a bordo de una barca en un lago por temor a ser descubiertos.

¿Qué movió a esos jóvenes a iniciar con un aventurerismo tan fuera de lugar una gesta que les llevaría a la victoria y que a la postre ha devuelto al imperio del centro al centro del mundo?

Seguro que una mezcla de voluntarismo y terquedad irracional que, como tantas veces en la historia, han sido cruciales para forjar acontecimientos que han cambiado la historia. Sobre todo en tiempos tan convulsos como los que vivió, y sufrió, China.

Tan convulsos que ni siquiera se sabe a ciencia cierta la fecha concreta del congreso. Pese a que la historia oficial la sitúa entre el 20 y 23 de julio, Mao impondría 20 años después arbitrariamente su clausura el 1 de julio. Para entonces, el que sería laureado como el Gran Timonel había conseguido el control cada vez más personalista y mesiánico del partido, en una deriva que marcó de forma inmisericorde y general la evolución de los partidos comunistas durante el siglo XX.

No obstante, la apuesta que aquellos impetuosos jóvenes hicieron por una ideología, la marxista, originalmente occidental, tiene también una explicación racional y, si se quiere, absolutamente utilitaria. Como señala Barret, su objetivo principal era recuperar la independencia y la dignidad de China. Y para ello necesitaban el apoyo de una potencia extranjera.

Descartadas por razones obvias las potencias occidentales y Japón, «solo quedaba Rusia, que no tardaría en convertirse en la Unión Soviética».

La alianza de los comunistas con el movimiento nacionalista chino del Kuomintang evidencia cuál era el objetivo estratégico tanto para unos como para otros. Aquella alianza, fomentada por una equidistante URSS que, bajo la batuta de Stalin, cojeaba, ni siquiera se quebró en 1927 cuando, tras la muerte del histórico fundador del Kuomintang (KTM), Sun Yat-sen, su sucesor, el general derechista Chiang Kai-shek, inició una ofensiva anticomunista (masacre de Shanghai). Ya en 1934, la presión forzó al PCCh a iniciar la mítica Larga Marcha y supuso el pistoletazo de salida para una larga guerra civil que, en paralelo a la guerra contra Japón, acabaría en 1949 con la victoria del Ejército rojo y el exilio de Chiang Kai-shek a la isla de Formosa (hoy Taiwán).

Sin embargo, desde el primer momento quedó en evidencia la prioridad nacional del PCCh. La decisión estratégica de abandonar la lucha en las ciudades y llevarla al campo, situando al campesinado en la vanguardia teórica de la lucha de clases, distanció desde 1926 al partido de la ortodoxia de la III Internacional. El giro, que a la postre definiría al maoísmo, fue el inicio de un enfriamiento de las relaciones con la URSS que tendría su colofón en los 70 con el acercamiento entre China y EEUU.

Pero, paradójicamente, fue aquella alianza estratégica con el campesinado la que posibilitó el triunfo del PCCh en la guerra civil. Los campesinos, que no sabían nada de nada de marxismo, les apoyaron por considerar que los comunistas eran más coherentes en la defensa del interés nacional chino que el Kuoomintang, militarmente mucho más fuerte, pero que por momentos no dudó en coquetear con el imperialismo, también nipón.

Pragmatismo y tradición. 1949: aquellos jóvenes que se reunieron en julio de 1921 en Shanghai llegan al poder con el objetivo estratégico de restaurar la dignidad de China. Para ello no han dudado, paradójicamente, en importar un corpus doctrinal, el marxismo, puramente occidental y ajeno a sus tradiciones y, por tanto, en desmarcarse del pensamiento de Confucio (551-479 a. C.), pensador cuya doctrina (confucianismo) había marcado el devenir de China en los anteriores 2.500 años.

Pero pronto quedará en evidencia que Mao Zedong, líder carismático e indiscutido del PCCh, se ha convertido en un nuevo emperador, equiparable a Qin Shi Huangdi (259-210 a. C.), primer emperador de la China unificada y, nada casual, furibundamente anticonfucianista.

No se ha escrito lo suficiente sobre los excesos de la deriva mesiánica de Mao, desde el Gran Salto Adelante hasta la Revolución Cultural (decenas de millones de víctimas).

A la muerte del Gran Timonel, sus sucesores, con Deng Xiaoping al frente, concluyen que el futuro pasa por la reforma y la apertura. El desplome de la URSS en la década de los ochenta les convence de que la única posibilidad de supervivencia del PCCh pasa por relegar al maoísmo a la condición de arcano fundador de la nueva China y asumir las pautas económicas occidentales («economía de mercado socialista») con todas sus contradicciones, potencialidades y riesgos.

Y ahí se inscribe la rehabilitación del confucianismo, tan denostado hasta entonces por el maoísmo. Como señala Xulio Ríos, una de las voces más autorizadas sobre China, los dirigentes chinos habían seguido con interés la teorización por parte de la ciudad-Estado de Singapur de los «valores asiáticos» frente a los «valores occidentales».

El confucianismo, con su ideal de una sociedad armoniosa, gobernada por una élite meritocrática y paternalista que prima a la sociedad sobre el individuo y defiende la tradición como base de la virtud, es reinterpretado y readaptado por el PCCh con un objetivo instrumental y paradójico. La disyuntiva entre los valores asiáticos y liberales, en el contexto de la crisis de 1989 (matanza de Tiannanmen) y el desplome del socialismo real en Europa, ofrecía al partido «una tabla de salvación para continuar con la modernización económica, introducir progresivamente fundamentos neurálgicos del sistema antítesis (el mercado, por ejemplo) y reafirmar la excelencia del liderazgo sin, por ello, resentirse gravemente», señala Ríos (“Los valores de China en el siglo XXI”).

Esta mezcla de apelación a la tradición y de pragmatismo instrumental ha marcado el devenir del PCCh en los últimos decenios. Tanto cuando Jiang Zemin abre en los noventa las puertas del partido a los empresarios (teoría de las tres representaciones), como cuando bajo la Cuarta Generación (Hu Jintao) se da primacía a una dirección colegiada y a una alternancia en el poder entre las dos facciones predominantes en el PCCh (esencialistas liberales frente a socialdemócratas reformistas). Como bien resume Rafael Bueno (“El Partido Comunista refuerza su vigilancia sobre todo»), una suerte de «bipartidismo dentro del partido único».

Ese bipartidismo, y la pactada alternancia en el poder, saltó por los aires tras la llegada al poder en 2012 de Xi Jinping, quien, tras abortar sin contemplaciones al neomaoísmo de Bo Xilai (encarcelado de por vida), dirige desde entonces con mano de hierro el partido y se ha asegurado su liderazgo como mínimo en el próximo lustro.

En un intento de superar las crecientes contradicciones internas del partido entre el corpus ideológico y la realidad socioeconómica del país, Xi ha reforzado, sobre el papel, el rol del PCCh. «El Partido, el Gobierno, el Ejército, la sociedad y la universidad. Este, Oeste, Sur, Norte y Centro: el Partido lo dirige todo», el dicho de Mao que le gusta repetir a Xi.

Pero, atención. Porque, como recuerda el analista gallego, Xi sigue la estela de sus antecesores al combinar la ortodoxia simbólica comunista con la reinterpretación del rico pasado de China. Así, reivindica el pensamiento legista de Han Fei (279-232 a. C.) para crear una especie de Estado con un barniz de derecho (represión en Hong Kong), pero sin asumir el ideario del Estado de derecho occidental.

Todo ello, sobre todo su capacidad de adaptación, su pragmatismo y su capacidad de congeniar modernidad con tradición, ha permitido al PCCh gobernar, con sus 91 millones de miembros, sobre la cuarta parte de la población mundial y liderar el inexorable camino de China hacia la primacía económica mundial.

Una versatilidad equiparable a la de la caña de bambú, firme y a la vez elástica, pero que es a la vez su fuerza y su debilidad. La de importar, y copiar, modelos occidentales, pero tamizándolos con premisas de miles de años de antigüedad. Todo un desafío, no ya ideológico sino temporal.