Abrazos
A brazo partido. Abrazo del oso. Abrazo la insuficiencia de resortes resilientes. ¿De verdad quieren, desean, planifican, sospechan o tienen ya los datos para que la mitad de la población europea se haya infectado en dos meses para tratar al coronavirus como una gripe? Abrazo todas las sospechosas porque creo que o volvemos a leer los prospectos de los medicamentos como tratamiento de todas las paranoias de baja intensidad o esto va a acabar muy mal. No existen muchas posibilidades de entender que estamos viviendo en un cruce entre los aparatos de control sanitario mundiales que no tienen ninguna capacidad operativa, el fundamentalismo negacionista cada día más cargado de ideología y la superficialidad estadística de los gobiernos cercanos, lejanos y siderales, que no saben si atender a los fabricantes de test, a las farmacéuticas expansivas o al sindicalismo empresarial intensivo que no sabe cómo asimilar la gran cantidad de bajas por infección que se acumulan de manera insultante.
Abrazar forma parte de una idea de estar en el mundo, de relacionarse con los otros, de expresar sentimientos primarios, sellar acercamientos, firmar acuerdos. Es un verbo que se está volviendo inservible. Se ha convertido en algo en desuso. Yo solamente mando abrazos por redes sociales para mostrar mi estado de consternación o solidaridad ante hechos consumados de carácter mortuorio. Ayer un encuentro tras años con una persona muy próxima acabó en un acto de desobediencia civil: nos abrazamos. Con mascarilla, pero acabando con una sensación de haber sido muy imprudentes. Miradas y gestualidad de resignación o de qué más da, lo que tengo son ganas de abrazarte. Sucede tantas veces que estamos bloqueando nuestros instintos, parte de nuestra cultura relacional entre amigos y familiares. Abrazos y más abrazos.

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