Antibióticos
En paralelo a esta pandemia del coronavirus que tanta literatura y réditos financieros y políticos ha producido, lo micro y lo macro se cruzan en endiabladas travesías que producen bajas frecuentes de personas por todo el mundo al nivel de otras circunstancias señaladas de manera alarmante. Según por dónde se empiece a leer un informe reciente se señalan a las superbacterias o a la resistencia a los antibióticos como la causa de un millón y cerca de 300.000 personas en los últimos meses, superior, por comparar, a lo que produce el Sida o la malaria. La alerta es bastante reincidente, porque el uso desmedido, arbitrario y espontáneo de antibióticos han ido provocando defensas numantinas en las bacterias que ahora mismo no encuentran un enemigo en la farmacología que las neutralice.
Seguramente ustedes distinguen perfectamente entre un virus y una bacteria. Cosa que para algunos neófitos incongruentes y fosilizados nos es imposible argumentar sobre esos dos tipos de células vivas que nos acostumbran a parasitar, de las que somos compañeros y portadores, criadores y difusores. Pero como en la otra colonización parasitaria que sufrimos, la de las publicidades, las de las noticias interesadas, la de los informes dictados, siempre acabamos agarrándonos a una frase ardiendo: consulte al farmacéutico. Y a partir de ahí las cremas contra las arrugas se mezclan con productos muy promocionados y los antibióticos menudean en nuestros botiquines o mesitas de noche. Esta preocupación por las superbacterias se ha encabritado por encima del gran asunto que desde la parte sur del oasis ha aparecido con un calado internacional importante. Iñaki Urdangarin ha establecido una relación formal con una mujer gasteiztarra que ha conocido en un despacho de abogados. Divorcio a la vista.

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