José Antonio Azpiazu revela nuestra historia a través de los juegos de cartas
Los libros de Azpiazu tratan sobre historia, pero su forma de contar las cosas y las curiosidades que encuentra en sus investigaciones hacen que sean atractivos para cualquier lector. Esta vez presenta «Los naipes en Euskal Herria», repleto de pequeños pasadizos entretenidos, algunos de ellos jamás publicados.

No hablamos de adivinación cuando decimos que las cartas hablan sobre nosotros. El historiador y antropólogo José Antonio Azpiazu ha escrito “Los naipes en Euskal Herria”, un relato histórico sobre los juegos de cartas pero contado con la firme intención de entretener.
Tal y como explicó el editor de Txertoa, Martin Anso, en la presentación de ayer, los libros de Azpiazu han tenido una acogida extraordinaria entre el público, a pesar de tratar temas históricos, y eso es gracias a ciertas particularidades como que no están dirigidos a un público especializado o que parte de pasadizos curiosos que ha encontrado en su investigación en los archivos, no publicados hasta la fecha.
Aunque creamos que poco se puede decir ya sobre la historia de Euskal Herria, Azpiazu es un experto en buscar nuevos hilos conductores que, con algo tan trivial como las naipes a modo de excusa, nos destapan curiosidades sobre el estilo de vida de nuestros antepasados. «No había clase social que se librara de dedicar tiempo a las naipes», subrayó sobre el libro que acaba de presentar. Los juegos de cartas servían de entretenimiento, pero también como forma de socializar entre los huéspedes de las posadas. Pronto, el éxito de estos juegos que requerían algo tan simple como una baraja de cartas, desarrolló en los participantes el afán por mostrarse más hábiles que el vecino. Cuando confluían el juego, el dinero y el sentido del honor surgía «uno de los peores vicios», lo cual daba pie a trampas y, estas, a peleas. «Las cartas eran la ruina de las familias», aseguró el escritor.
«El juego de cartas se introdujo con pasmosa facilidad en la sociedad», dijo Azpiazu. También en ese éxito aparecieron los jugadores profesionales en todo el mundo, los tahúres, que iban de un lado a otro buscando víctimas. «Estos jugaban con ventaja por llevar las cartas marcadas. Sobre todo se jugaba en tabernas y ventas; la Policía amenazaba a quienes aceptaran juegos en sus establecimientos», contó, aunque señaló que poco se podía hacer.
En las páginas del libro encontramos a un famoso tahur italiano al que la avaricia le perdió, a los mineros de Aralar, a un cura navarro y hasta a la propia Catalina de Erauso.

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